Mi
dueño se llama Agustín, conduce un furgón carrozado de tres mil
quinientos kilos y suele hacer portes a las fábricas y almacenes.
Ahora se dirige a un polígono de las afueras de Barcelona, yo estoy
dentro de una pequeña bandolera que esta en el asiento del copiloto,
desde mi posición puedo oír la la radio donde una chica
con voz sensual está leyendo unos poemas eróticos. Agustín no
habla, esta pendiente de la carretera y de vez en cuando se enciende
algún pitillo que otro.
Al
cabo de dos horas mi dueño llega a su destino, coge la bandolera en
la que estoy dentro y baja del furgón para abrir las puertas
traseras. Un operario con un mono azul montado en un toro mecánico
descarga las mercancías que mi dueño transportaba, después le
firma el albarán de entrega y Agustín se despide del operario
mientras se vuelve al camión otra vez. Aún le queda otra parada en
ese mismo polígono, es una fábrica de plásticos y allí tiene que
descargar un palet de tubos de pvc.
Ahora que tiene el furgón
vacío mi dueño vuelve a Huesca, pero antes de emprender el camino
a la capital oscense para en una estación de servicio de la
autopista para reponer fuerzas con una buena comida.
Tras
comer unos huevos fritos con chistorra, mi dueño me saca de la
bandolera y me deja encima de la mesa, llamando al camarero para que
me recoja.
—
¡Mocé! — exclama mi dueño, alzando el brazo y sacudiendo la mano
— ¿me cobras?
El
camarero me recoge de encima de la mesa, me mira de reojo mientras va
hacia la barra, le llama la atención mi atuendo hippie y me enseña
a la cocinera del restaurante, es ella la que se saca un billete
igual del bolsillo y se lo cambia a su compañero de trabajo. Le ha
gustado mi aspecto tan colorido y ya que le gusta coleccionarse
monedas y billetes extraños, le comenta al camarero que me pondrá
en una vitrina del salón de su hogar.
Me acabo de convertir en una
pieza de museo, es todo un lujo para un billete acabar de esta
manera.
DESPEDIDA
Gracias
a que llevo siempre encima mi ordenador portátil he podido terminar
mi relato desde la vitrina donde mi dueña me ha colocado, ahora
estoy exportando el documento a PDF para mandárselo por
e-mail al tipo que me encargo la redacción de este blog. Menos mal que la
coleccionista tiene conexión WIFI en toda la casa y me puedo
conectar a Internet sin problemas.
Una
vez realizado el trabajo solo me queda disfrutar de mi retiro en esta
vitrina. Aquí estamos un montón; hay un billete de cinco al que
alguien estampó la frase “¡cristo te ama, sonríe!” y
cayó en manos de la coleccionista, también hay monedas de origen
extranjero o conmemorativo, aquí se encuentra un billete de diez mil
pesetas de color azul al que hemos apodado “el general”.
Pero aparte del dinero raro, también hay una colección de figuritas de plata que representan las cofradías de Zaragoza, otra de los
gigantes y cabezudos de la capital aragonesa y un soldadito de plomo
que va a cuerda y lleva un pequeño bombo del bajo Aragón. Todo esto
lo tiene porque mi dueña es natural de Zaragoza y cuando siente
nostalgia de su ciudad se sienta en una silla y se queda mirando la
vitrina con la mirada perdida recordando tiempos vividos en la
capital del Ebro.
Bueno
me despido ya, que ahora vamos a celebrar el cumpleaños del
soldadito de plomo y hemos quedado todos en el estante de arriba para que una barbie con aspecto raro que hemos contratado nos haga un espectáculo erótico.
Espero que os haya gustado mi historia porque
me ha comentado el gachó que estampa su firma en este blog, el "alparcero", que
pronto me encargará mas relatos sobre mi vida y creo que a la próxima vez que nos veamos os contaré la historia de un primo mío, él es un billete de 50 euros y nació en una imprenta clandestina en los bajos de un edificio del casco antiguo de Zaragoza.
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