miércoles, 15 de abril de 2015

De Zaragoza a Huesca...


Un chico joven entra en la papelería. Pide un cuaderno de anillas, un bolígrafo, un lapicero y una goma de borrar, paga con un billete de cincuenta y el dependiente me saca de la caja registradora junto con otro de veinte y uno de cinco. El chaval se queda sorprendido al ver mi nuevo aspecto, nunca había visto a un billete de veinte euros coloreado igual que el arco iris.

Mi dueño es un muchacho de veinticinco años que esta en el paro, ahora va camino del centro comercial Grancasa para pasar la tarde caliente sin gastar un euro. En la puerta del comercio se encuentra a una amiga que esta en la misma situación que mi dueño y juntos deciden tomar algo en una cafetería del interior. Cuando están sentados en una de las mesas de la terraza, mi dueño me saca del bolsillo para enseñar mi aspecto a su amiga y la chica se queda sorprendida al verme. Yo también me quedo sin palabras al verla a ella, -creo que me he enamorado- es la muchacha más guapa que he visto en mi corta vida. Pero pronto se me acaba la alegría, la amiga me devuelve a mi dueño y él me introduce en su bolsillo, ¡ala, otra vez a la oscuridad!
Después de estar un rato charlando, mi dueño paga con un billete de cinco y se va del centro comercial. Ahora están los dos en la parada del cuarenta y dos, esperan al autobús para volver al barrio de las delicias. Tras veinte minutos de espera, el bus llega a la parada y la pareja accede al interior. Se sientan al final del vehículo.

El autobús les deja en el videoclub de la Vía Universitas y mi dueño se despide de su amiga. A continuación se dirige a su casa, por el camino se encuentra a sus padres que habían salido a dar una vuelta y ya les acompaña en el paseo. Yendo por la avenida de Madrid, un vendedor de cupones grita en una esquina que lleva el gordo y que le quedan pocos. Mi dueño se detiene de sopetón y mirando a sus padres decide cogerle un cupón de la ONCE. me saca del bolsillo del pantalón y me entrega al vendedor aclarándole que soy de veinte, El invidente me pone a dos milímetros de su cara para asegurarse y le entrega el cupón con los correspondientes cambios.

Mi nuevo dueño sigue voceando que lleva el premio gordo hasta que barrunta que ya casi no hay gente paseando, luego comienza a caminar calle abajo dando golpecitos en el suelo con su bastón de madera. En la acera se acumulan las hojas de los árboles que el viento se ha encargado de agruparlas en pequeños montoncitos; una de esas hojas, -mojada por la reciente lluvia- hizo que mi dueño se resbalará y cayera al suelo haciendo un tremendo ruido. El bastón y la regla con los cupones fueron a parar a la calzada y el pobre invidente se echaba mano a la cadera aguantándose unos dolores terribles. Un matrimonio de avanzada edad avisó a una ambulancia con el teléfono móvil, pero no levantaron a mi dueño por sí tenía algo roto. La señora le daba conversación a mi amo para que estuviera consciente hasta que llegasen los servicios médicos. Una UVI móvil del servicio de bomberos de Zaragoza trasladó a mi dueño al hospital clínico, allí le diagnosticaron que tenía fracturado el fémur y lo ingresaron en el mismo hospital, a mí me introdujeron en una bolsa de basura junto con todas sus pertenencias. Al estar en esta bolsa me acordaba de un antiguo dueño francés que se tiró al Sena por amor y momentos después yo acabé en un saco parecido a este.




Llevo más de seis horas metido en este saco, hace un calor insoportable. Pronto veo la luz porque alguien abre la bolsa y me saca de mi encierro, me parece que es una hermana de mi dueño que ha acudido al clínico después de que los propios médicos le avisarán de que su hermano invidente había tenido un accidente en la calle. Yo he adivinado que sería la hermana porque cuando ha entrado por la puerta ha preguntado a la enfermera: “¿Qué tal está mi hermano?” y por lógica he sacado esta conclusión.
Es ella la que me recoge de la bolsa junto al resto de recaudación de la venta de los cupones, después se lo cuenta a su hermano.
— José, que te cojo el dinero de la cartera… — le dice Gloria a mi dueño — que aquí en los hospitales tienen la mano muy larga, ¿te lo guardo en casa o prefieres que lo entregue a la asociación?
— Guárdalo en casa, guárdalo en casa… — responde el ciego — ese dinero forman parte de mis beneficios por la venta de cupones.
Gloria mete todos los billetes en su bolso y se sienta en una silla para hacerle compañía a su hermano. A la media hora, una enfermera le entra la cena a mi dueño, su hermana se la da despacio y cuando ha terminado toda la bandeja, se despide del invidente con un beso en la mejilla y sale de la habitación. Se mete en el ascensor y baja a la planta baja para salir al exterior del hospital, va dirección a su casa y por el camino se encuentra a un viejo compañero de trabajo que la convence para que se tomé con él una copa y recordar viejos tiempos del curro.
Estando en un bar con solera situado en la esquina de la avenida Valencia, la hermana de mi dueño se toma un gintonic y su amigo un sol y sombra. Juntos hablan y ríen a carcajadas hasta que el camarero los echa amablemente para poder cerrar el garito, mi supuesta dueña me coge del bolso y paga las consumiciones que se han tomado, el profesional del bar le da cinco euros como cambio y la pareja sale del establecimiento un poquito alegre. Ahora yo vuelvo a pertenecer al dueño de un bar.


*****


He llegado a la conclusión de que a la gente le gusta bastante reunirse en los bares; porque de todos los dueños que he tenido hasta ahora, a un cincuenta por cien, -sí no son más- los he conocido dentro de un establecimiento hostelero. ¡Y luego dicen que hay crisis! Con esto de la recesión la gente prefiere guardar el poco dinero que tiene pero no perdona su visita diaria al bar, aunque se reduzca al simple cortado de la mañana.


*****


Hoy es miércoles, mi dueño me ha cogido del cajón junto con dos billetes de cincuenta y se ha ido con su señora al rastro, situado en lo que era el parking sur de la expo. En el bar ha dejado a su hijo porque los miércoles no hay mucho personal y así se va acostumbrando al mundo laboral.

El matrimonio ha llegado al rastrillo callejero, popularmente conocido como las rebajas del corte Inglés. Allí, la mujer de mi dueño se ha puesto a revolver en un montón de ropa donde ponía un cartel de jerséis a tres euros y mi dueño esperaba con resignación a que la señora terminará. Tras pasar el rato revolviendo; la señora encuentra un jersey de cuello vuelto color vino para el marido, uno de rombos, otro azul celeste para el hijo y uno más con el cuello acabado en pico. Ahora mi dueño le toca pagar y me saca de la cartera para entregarme al vendedor ambulante, que le da un billete de cinco y tres monedas de euro como cambio. Por doce euros mi antiguo dueño tiene jerséis para toda la familia, ¡menuda ganga! Pronto cambio de mano y pertenezco a los cambios de una señora mayor que ha comprado una docena de jerséis y ha pagado con un billete de cincuenta, la mujer va ahora al puesto de las bragas. Allí me cambia por veinte bragas tamaño XXL, de a euro la unidad.

Me he pegado toda la mañana en el puesto de la ropa interior donde mi dueña, -una gitana con el pelo largo y rizado- no paraba de gritar para llamar la atención de las clientas. Como ya van dando las dos en el reloj y los clientes comienzan a escasear, mis dueños comienzan a recoger el tenderete, después cargarán todo en una furgoneta grande y bastante destartalada. La operación de repliegue la hacen a ritmo de las canciones de los chichos, que suenan sin parar en el radiocasette del vehículo y a mi se me estaba poniendo la cabeza como un bombo al oír tanto flamenco.
— Dolores, anda, dame algo suelto… — pide Antonio, mientras se monta en la furgoneta — que tengo que echar gasoil y llevo todo atao en la cartera.
Mi dueña me saca del mandil junto con otro igual que yo y nos entrega al marido, que ha puesto la furgoneta en marcha y va camino de la gasolinera, situada al final de la avenida María Zambrano.
Mi dueño aparca la camioneta junto al surtidor de gasoil; baja de ella, marca en la máquina la cantidad de cuarenta euros y coge la manguera para introducirla en el deposito del vehículo. Tras estar un rato repostando, mi dueño deja la manguera en su sitio y se dirige a la tienda para pagar. Un chaval de treinta y tantos años con un peto y una gorra con el nombre de la compañía petrolífera le atiende, el gitano entrega los dos billetes de veinte que le acaba de dar su mujer y pide que le haga factura para desgravar el IVA. Yo vuelvo a estar en una caja registradora, ya he estado otras veces en un cajón similar, pero esta vez hay una clara diferencia: el olor que hay en el ambiente. Toda la gasolinera huele a petróleo, el olor se mete en la tienda e incluso yo, dentro del cajón, noto ese olor a gasolina. Menos mal que el gasolinero abre pronto la caja registradora y me coge para entregarme a un señor que lleva una mugrienta gorra con publicidad de una empresa de fertilizantes. Yo pertenezco a los cambios después de que pagará con un billete de cincuenta una factura de gasoil que ascendía a treinta euros.
Mi nuevo dueño vive en Huesca capital, ha bajado a Zaragoza para hacer unas gestiones en la DGA y después de llenar el deposito de su auto se sube de nuevo a su territorio.

La distancia entre las dos ciudades es de ochenta kilómetros y encima es autovía. Mi dueño vive con su familia en un piso de la calle Cabestany, pero en cuánto ha llegado a Huesca se ha detenido en un bar de la avenida Martínez Velasco para tomarse su cortado de cada tarde y echar la partida de rabino con los amigos de siempre. La tarde se le ha dado mal a mi dueño y le han venido muy malas cartas, así que le toca pagar las consumiciones que han tomado los jugadores durante la partida. Me saca de la cartera y me deja encima de la barra avisando al camarero, el hostelero me recoge y me mete en la caja registradora sacando un billete de diez para darle las vueltas a mi antiguo dueño.
Pronto vuelven abrir el cajón para cogerme y ponerme en un platito de plástico junto a un ticket, un billete de diez, otro de cinco, dos monedas de cincuenta y una de veinte. Pertenezco a los cambios de un transportista que ha parado a echar un bocado antes de continuar su viaje a Barcelona.

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