Efectivamente. Mis sospechas de que la chupa de mi dueño olía a porro se cumplieron. Estaba a punto de marearme en aquel bolsillo, el ratero había dejado la chaqueta colgada en el respaldo de una silla y se había echado a dormir, sus ronquidos daban fe de que estaba profundamente dormido.
Mi nuevo dueño se despierta sobre las once de la mañana, se pone la chaqueta y sale a la calle en busca de un bar para desayunar. Yo tenía un tremendo dolor de cabeza, estar toda la noche oliendo marihuana no me había sentado muy bien. Menos mal que el raterillo se ha terminado el café con los churros, me saca del bolsillo y me pone encima de la barra para que el camarero se cobre. El dueño del bar me coge y me mete en la caja registradora y al ladrón le da tres billetes de cinco como cambio, después, el ratero sale del establecimiento.
Poco me dura la tranquilidad porque el camarero vuelve a abrir la caja, introduce en ella un billete de cincuenta y me saca a mí, a dos compañeros de diez, a uno de cinco y unas monedillas sueltas. Ahora pertenezco a una adolescente de diecisiete años bastante atractiva que se acaba de tomar unos batidos con cuatro amigas para celebrar su cumpleaños.
Vanessa, -mi joven dueña- está esperando al autobús número treinta y tres para bajarse al centro de la ciudad y aprovechar las rebajas del Corte Inglés, sus amigas están con ella y mientras esperan en la parada, hablan sobre lo que van a hacer por la noche.
— Oye tía, ¿le has dicho a Roberto que has quedado con Carlos esta noche? — pregunta Vanessa a su amiga, que sale con dos tíos —
— No tía, no me atrevo… — contesta la amiga, con cara de circunstancias — estoy que te cagas con Roberto y si le cuento que me gusta su hermano igual se mosquea…
— Pero tía, que son hermanos… — recrimina mi dueña — les puedes hacer mucho daño si se enteran que te has enrollao con los dos, al final te vas a quedar sin chico…
Antes de que Vanessa pudiera terminar la frase, vino el autobús y el grupo de chicas se sube en él. El vehículo era de esos articulados y las chicas se pusieron en el medio, ya que a mi dueña le gustaba bastante ir ahí, sobre todo cuando el vehículo tomaba las curvas. En veinte minutos, el vehículo se presentó delante del centro comercial y el grupo de chicas descendió del autobús. Vanessa entró en el Corte Inglés y una pila de vestidos estampados rebajados a mitad de precio la poseyó, se olvida de sus amigas y se coge dos o tres vestidos veraniegos, va camino del probador. El probador es una pequeño cuarto de dos metros cuadrados, donde en lugar de una puerta hay una cortina de tela. El bolso lo ha dejado colgado en la percha y por la abertura de la cremallera pude ver como mi dueña se quitaba la ropa para probarse el vestido, era un espectáculo que mis ojos nunca habían visto. El cuerpo de Vanessa era igual que una conejita de playboy, mi viaje se estaba poniendo interesante y estaba deseando que mi dueña me tenga para siempre.
Al final, mi dueña se compra dos vestidos, uno con estampado de flores y otro de rayas. Cuando está en la fila para cobrar, se saca del bolso la tarjeta de crédito de papi y se la entrega a una señorita con el uniforme del comercio. Las cuatro amigas salen del centro comercial, deciden que ya es hora de comer y se van a una pizzería del paseo Independencia. En aquel restaurante de comida rápida había mucho ruido de fondo, los chiquillos armaban mucha bulla mientras jugaban en el pequeño parque infantil que había en un rincón de la pizzería. La camarera pone la cuenta encima de la mesa y una de las amigas hace cuentas y tocan a veinte euros por barba, con la bebida y el postre incluido. Vanessa se saca del bolso dos billetes de diez que estaban a mi lado, yo respiro tranquilo porque me sigo quedando con mi conejita.
Después de comer, Vanessa se despide de sus amigas en la puerta de la pizzería y se dirige a la parada del autobús para regresar a su casa. El treinta y tres tarda en llegar, -como de costumbre- pero en tres cuartos de hora mi dueña llega a su morada y se encierra en su cuarto después de saludar a sus padres que estaban en el sofá. Sobre las ocho de la tarde, la chica se despierta de la siesta y sale a la cocina para coger algo para merendar.
— Hija mía, — dice la madre, con cara de circunstancias — has estado toda la mañana con tus amigas, no has comido aquí, cuando vienes te metes a dormir y no nos das conversación… ¿se puede saber que te hemos hecho nosotros para que nos hagas esto?
— ¡Venga mama! — Responde mi dueña — siempre estas con lo mismo, no me sermonees tanto y prepárame la cena que he quedao a las diez…
— ¡Otra vez vas a salir, hija mía…! — Exclama la madre, mirando al techo de la cocina — Estas más tiempo con tus amigos que con tus padres… cuando quieras te pones a trabajar, que desde que has acabado el instituto no has hecho nada de nada.
Vanessa se coge un trozo de longaniza de la nevera y con un trozo de pan se hace un bocadillo, luego por no oír a su madre se va al salón a comérselo. Después de cenar, se arregla, coge el bolso conmigo dentro y sale de casa diciendo a sus padres que no la esperen despierta.
Ha quedado con toda la pandilla en la sala 976, una discoteca de la zona de doctor cerrada. Allí baila en medio de la pista con todos los tíos de la sala y bebe vodka con naranja. Al rato de bailar le entran ganas de orinar y medio mareada se dirige hacia el baño. Estando sentada en el inodoro con el tanga en las rodillas, Vanessa se queda dormida y deja caer el bolso al suelo, con tal mala suerte que cae bocabajo y yo me estampo contra el frío suelo del baño de chicas de la discoteca. A los diez minutos, unos golpes en la puerta hacen despertar a Vanessa, se termina de vestir y coge el bolso para salir de nuevo a la pista de baile. Yo sigo en el suelo, rodeado de papel higiénico mojado y condones usados. Seguiré en el mismo sitio hasta que a la mañana siguiente me encuentre la señora de la limpieza.
Amanece en la discoteca, toda la sala está en silencio después de que toda la gente se fuera a su casa más borracha que un gazpacho de coñac. Dentro solo quedaba el encargado, que estaba contando la recaudación de la noche y la chica de la limpieza, una joven ecuatoriana que había empezado a limpiar por los baños. Es ella la que barriendo con la mopa me encuentra en el suelo, se agacha y me introduce en el bolsillo de su bata para seguir limpiando.
Fin de la jornada. Dulce María, que así se llama mi nueva dueña, acaba de limpiar y se marcha a su casa. Por el camino, se encuentra a su hermana y juntas se van a un locutorio para poder hablar con su familia mediante videoconferencia. Después de hablar con los padres, las dos hermanas van a un bar de sudamericanos donde han quedado con los novios para bailar reguetón y beber cerveza.
Tras cuatro intensas horas de escuchar esta incansable música yo ya tenía la cabeza como un bombo. Mi dueña se metió en el baño con el novio de su hermana, los dos iban muy borrachos y casi no atinaban a enrollarse. El chico, -un colombiano igual que un armario ropero- se sentó en el inodoro y puso encima de sus rodillas a mi dueña.
Mientras estaban jineteando, yo salí despedido del bolsillo de la minifalda de Dulce María y fui a parar al interior del WC, empapándome de un agua amarilla que olía bastante mal.
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-CAPITULO 1
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