A
la mañana siguiente mi dueña se despertó a las diez y media
pasadas. Ella compartía piso con dos chicas más, las tres estudian
geológicas y en los ratos libres trabajan a media jornada para pagar
los gastos de la casa. Mi dueña se llamaba Carmen; hoy tenía el día
libre en el auditorio y con motivo de las fiestas del pilar, también
tenía fiesta en la universidad. Es el último día de fiestas y
quiere aprovecharlo al cien por cien. Para ello, coge el teléfono
móvil y llama a Jennifer, su amiga de la infancia. Quedan para tomar
el vermú en un bar de la zona del tubo, se comen una ración doble
de papas bravas entre las dos y de beber unas cañas. A la hora de
pagar le toca a Jennifer, ya han quedado así entre las dos. A mi
dueña le tocará pagar los bocadillos que se tomarán más tarde en
la carpa del Ternasco. Lo bien repartido, sabe mejor.
Después
de salir del bar, las dos amigas deciden entretenerse viendo los
puestos de artesanía de la plaza de los Sitios. Se paran en un
garito de la cerámica de Muel, donde un señor de avanzada
edad hace una demostración de cómo se fabrica un botijo de barro.
Mi dueña compra un cántaro pintado con los motivos característicos
de la cerámica del municipio, lo paga con un billete de cincuenta.
El siguiente puesto donde se paran es un garito de gastronomía
típica de Morata de Jalón; allí, una mujer les ofrece unas
rosquillas, las chicas las prueban y salen tan satisfechas que mi
dueña compra dos bolsas, me coge del bolsito de cuero y me entrega a
la señora de Morata, qué me introduce en el bolsillo de su delantal
y le da a Carmen un billete de diez con dos monedas de euro como
cambio. Estoy poco rato en el delantal de mi nueva dueña, a los diez
minutos formo parte de los cambios de un señor que lleva una boina
de pana y que acaba de comprar una docena de magdalenas, unos
mantecados y una torta de almendras.
El
señor de la boina se detiene delante de un puesto de artesanía
vidriera, se queda fascinado al ver como se retuerce el vidrio al
calentarse. Anda un poco más y se vuelve a detener en otro puesto
donde venden miel del Moncayo, compra dos frascos de kilo y me
entrega al tendero para pagarlos, el mielero me introduce en una caja
de madera y le devuelve a mi dueño un billete de cinco, dos monedas
de euro y una de cincuenta. Pronto vuelvo a salir del cajón, ahora
pertenezco a los cambios de un hombre que ha comprado una garrafa de
cinco kilos con un billete de cincuenta euros. Mi nuevo dueño va
directo a su casa. Llevando cinco kilos de peso en la mano no se
quiere enredar en ningún sitio, ya saldrá más tarde con la parienta
para ver la traca de fin de fiestas.
Son
las diez de la noche, mi dueño espera impaciente a que su mujer se
termine de arreglar. Los dos se van a coger un buen sitio en la
ribera del Ebro para disfrutar de los fuegos artificiales, yo aún
sigo en su cartera; acompañado de un calendario con una gachí en
pelotas, un billete de cincuenta, otro de diez y una foto de los
hijos con un letrero que pone “papi, te queremos”.
Jesús
-mi dueño- y su mujer se colocan en el apeadero del club náutico,
justo donde el Ebrobús hace una parada. Como él, más gente ha
hecho lo mismo, se pueden contar por decenas las personas que se han
reunido al abrigo del cierzo para contemplar la espectacular traca
final. Se oye el primer aviso, seguido el segundo y el tercero, a
continuación van quemando los distintos cartuchos de pólvora. Yo
solo oigo las explosiones, pero me da igual porque los he visto otros
años y me imagino que serán igual que siempre.
Acabada
la traca, toda la gente aplaude acordándose de los buenos momentos
que han pasado en las fiestas y esperando con ganas a que lleguen las
del año próximo. Jesús y su mujer Gloria regresan despacio a casa,
son casi las doce y media y mañana toca volver a la normalidad.
Son
las siete y media de la mañana, mi dueño se levanta para ir a
trabajar. Se viste con el uniforme de cartero, desayuna un café
instantáneo y sale de casa para ir a la parada del autobús. Vive en
el distrito Universidad y tiene que dirigirse a la sucursal de
correos situada en vía Hispanidad. Cuando Jesús llega
a la oficina, ficha en la entrada como que ha llegado a la hora y se
va la sección que le corresponde para clasificar las cartas en
diferentes zonas del barrio Delicias. A mi dueño le toca siempre la
zona de los enlaces, comprendida entre la avenida de Madrid,
Alférez Rojas y cortando por Andrés Vicente.
Después
de clasificar la correspondencia, Jesús mete todas las cartas en su
carrito y se dispone a comenzar el reparto, le espera su recorrido
diario. Su primera parada es el grupo Alférez Rojas, las
casas más antiguas del barrio. -datan del año 1957- Allí,
Jesús recorre todas sus replacetas y charra con algún anciano de
cómo han trascurrido las fiestas.
A
media mañana Jesús termina la barriada de los pisos de sindicatos y
se mete en un bar de la calle Galán Bergua, allí se toma
para almorzar un cortado y un pincho de tortilla. Mientras se lo
come, lee el heraldo del día para estar informado y comenta las
noticias con los que están acodados en la barra.
—
¡Cagüen diez, con este Zaragoza no hacemos carrera! — comenta mi
dueño al señor de al lado, que lee furtivamente el periódico de mi
dueño — ¡otro partido perdido… a segunda de cabeza!
—
Sí es que no tiene equipo, no luchan en el campo… — afirma el
señor de al lado — y tampoco hay perras para traer jugadores en
condiciones…
—
¡Pues que tiren de la cantera, joder! — exclama mi dueño,
limpiándose la boca con una servilleta de papel — qué en el
filial hay chavalicos jóvenes que están deseando promocionarse.
Con
este debate futbolístico, Jesús paga al camarero con el billete de
diez que estaba a mi lado y el hostelero le da los cambios, se
despide de todos saludando con la mano y sale a la calle para
continuar el reparto de cartas.
Las
dos de la tarde. Mi dueño ha terminado la jornada, ha dejado el
carrito aparcado en boxes y se dirige a la parada del autobús. La
línea veinticuatro le viene muy bien porque le deja a cincuenta
metros de su casa, lo malo es que tarda un poco más de la cuenta y
mi dueño se desespera por la tardanza, comienza a tener hambre y
tiene ganas de llegar a su hogar. Por fin, el autobús llega con un
cuarto de hora de retraso, con rostro serio mi dueño pasa la tarjeta
por el lector y se sienta en primera fila, justo detrás del
conductor.
Llevo
dos días con Jesús, el cartero de las Delicias. Durante este tiempo
me he pateado las calles repartiendo cartas y certificados, ahora son
las once de la mañana y mi dueño está en el bar de siempre
almorzando. Cuando ya se va a marchar, me saca de la cartera, -casi
me quedo ciego al ver la luz después de varios días en la
oscuridad- y me deja encima del mostrador avisando al camarero. El
dueño del bar me recoge y entrega al cartero tres billetes de cinco
y dos monedas de euro, ahora pertenezco a Serafín, el camarero y
dueño del establecimiento hostelero. Él me ha introducido en la
caja registradora, aquí se está caliente y hay más billetes igual
que yo.
Enseguida
se me acaba la tranquilidad y Serafín abre el cajón para cogerme
junto a otro billete igual que yo, un billete de cinco y una moneda
de cincuenta. Pertenezco a los cambios de un albañil rumano que se
ha tomado un bocadillo de boquerones con un vino, ahora se vuelve al
tajo; una pequeña reforma en un piso situado enfrente del bar
donde acaba de almorzar.
Antes de empezar a trabajar, Preda, -mi
dueño- se acordó de que le faltaban unas herramientas y se mete en
un bazar oriental que estaba en la calle de atrás. Nada más entrar
una china con un vestido de flores le sigue para vigilar que no le
roba nada (Estos orientales son muy desconfiados). Mi dueño compra
un martillo, una espátula, un destornillador, y una brocha para
pintar. Se acerca a la cajera y me saca del bolsillo para pagar, la
chinita le da siete euros como cambio y Preda sale de la tienda.
Estoy
poco rato en el cajón del bazar oriental, pronto pertenezco a los
cambios de una mujer mayor que ha comprado dos velas grandes para
guardarlas en casa y ponerlas en el nicho de su difunto marido el día
de todos los santos. Mi nueva dueña sale del establecimiento, en el
exterior se había levantado una fuerte racha de cierzo y la pobre
señora que estaba metiéndome en el bolsillo del chaquetón, se
queda muy fresca cuando ve que la fuerza del cierzo me ha arrebatado de
sus manos.
Todavía
sigo volando por el cielo a merced del maldito cierzo, es una
sensación extraña, por un lado es bonito porque ves una panorámica
de Zaragoza impresionante, pero por otra parte se me hace un nudo en
el estomago al estar tanto tiempo en el aire. El viento me trasporta
fácilmente de un lado a otro igual que una pluma; puedo ver las
carreteras, el puente del tercer milenio, la torre del agua, el
pabellón puente, el World Trade Center del Actur… al final,
aterrizo en la terraza de un ático de la avenida María Zambrano,
he quedado atrapado entre las hojas de una enredadera que cubría la
pared de la citada terraza. Un niño abre la puerta corredera que
accede a la vivienda y sale a la terraza, en la mano lleva un estuche
con pinturas. Aquel chiquillo debía de tener unos tres años más o
menos, buscaba por todos los rincones algún papel para colorear y de
casualidad, el niño me encontró entre las hojas de la hiedra. Como
no sabía leer aún, mi pequeño dueño me cogió y se tumbó en el
suelo contento porque ya había encontrado un papel para pintar.
No
se cuanto tiempo pasa hasta que lo descubre la madre pero se me hace
eterno. Me estaba pintando con todos los colores del arco iris cuando
oigo a lo lejos un grito procedente del interior, el crío para de
pintar en el acto y se queda mirando fijamente a una señora que
viene acelerada por el salón.
—
¡Pedrito…! — exclama la madre con las manos en la cabeza —
¡¿Se puede saber quién te manda cogerme dinero del monedero?!
—
Mamá, este papel estaba en aquella planta — contesta mi pequeño
dueño, señalando la enredadera que subía por la pared — lo estoy
pintando a mi manera, ¿te gusta, mami?
La
madre me coge de las manos del niño, que se pone a llorar
amargamente.
—
Pedrito, esto no es para pintar… — explica la mujer intentando
calmar a su hijo — esto es un billete de veinte euros y sirve para
comprar cosas.
—
Vale, ¡pero yo quiero pintar! — exclama el crío que me ha
cambiado el look — cómprame papel para pintar…
Para
hacer calmar al niño, mi nueva dueña baja con él a la papelería
de la esquina y le pide al kiosquero un par de libros para colorear.
La madre me deja en manos del kiosquero y le entrega a Pedrito los
cuentos, el crío se queda más contento que unas castañuelas y yo
vuelvo a estar en una caja registradora. Eso sí, ahora me siento
diferente, me he convertido en un billete hippie.
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