miércoles, 15 de abril de 2015

La fuerza del cierzo


A la mañana siguiente mi dueña se despertó a las diez y media pasadas. Ella compartía piso con dos chicas más, las tres estudian geológicas y en los ratos libres trabajan a media jornada para pagar los gastos de la casa. Mi dueña se llamaba Carmen; hoy tenía el día libre en el auditorio y con motivo de las fiestas del pilar, también tenía fiesta en la universidad. Es el último día de fiestas y quiere aprovecharlo al cien por cien. Para ello, coge el teléfono móvil y llama a Jennifer, su amiga de la infancia. Quedan para tomar el vermú en un bar de la zona del tubo, se comen una ración doble de papas bravas entre las dos y de beber unas cañas. A la hora de pagar le toca a Jennifer, ya han quedado así entre las dos. A mi dueña le tocará pagar los bocadillos que se tomarán más tarde en la carpa del Ternasco. Lo bien repartido, sabe mejor.

Después de salir del bar, las dos amigas deciden entretenerse viendo los puestos de artesanía de la plaza de los Sitios. Se paran en un garito de la cerámica de Muel, donde un señor de avanzada edad hace una demostración de cómo se fabrica un botijo de barro. Mi dueña compra un cántaro pintado con los motivos característicos de la cerámica del municipio, lo paga con un billete de cincuenta. El siguiente puesto donde se paran es un garito de gastronomía típica de Morata de Jalón; allí, una mujer les ofrece unas rosquillas, las chicas las prueban y salen tan satisfechas que mi dueña compra dos bolsas, me coge del bolsito de cuero y me entrega a la señora de Morata, qué me introduce en el bolsillo de su delantal y le da a Carmen un billete de diez con dos monedas de euro como cambio. Estoy poco rato en el delantal de mi nueva dueña, a los diez minutos formo parte de los cambios de un señor que lleva una boina de pana y que acaba de comprar una docena de magdalenas, unos mantecados y una torta de almendras.
El señor de la boina se detiene delante de un puesto de artesanía vidriera, se queda fascinado al ver como se retuerce el vidrio al calentarse. Anda un poco más y se vuelve a detener en otro puesto donde venden miel del Moncayo, compra dos frascos de kilo y me entrega al tendero para pagarlos, el mielero me introduce en una caja de madera y le devuelve a mi dueño un billete de cinco, dos monedas de euro y una de cincuenta. Pronto vuelvo a salir del cajón, ahora pertenezco a los cambios de un hombre que ha comprado una garrafa de cinco kilos con un billete de cincuenta euros. Mi nuevo dueño va directo a su casa. Llevando cinco kilos de peso en la mano no se quiere enredar en ningún sitio, ya saldrá más tarde con la parienta para ver la traca de fin de fiestas.


Son las diez de la noche, mi dueño espera impaciente a que su mujer se termine de arreglar. Los dos se van a coger un buen sitio en la ribera del Ebro para disfrutar de los fuegos artificiales, yo aún sigo en su cartera; acompañado de un calendario con una gachí en pelotas, un billete de cincuenta, otro de diez y una foto de los hijos con un letrero que pone “papi, te queremos”.
Jesús -mi dueño- y su mujer se colocan en el apeadero del club náutico, justo donde el Ebrobús hace una parada. Como él, más gente ha hecho lo mismo, se pueden contar por decenas las personas que se han reunido al abrigo del cierzo para contemplar la espectacular traca final. Se oye el primer aviso, seguido el segundo y el tercero, a continuación van quemando los distintos cartuchos de pólvora. Yo solo oigo las explosiones, pero me da igual porque los he visto otros años y me imagino que serán igual que siempre.
Acabada la traca, toda la gente aplaude acordándose de los buenos momentos que han pasado en las fiestas y esperando con ganas a que lleguen las del año próximo. Jesús y su mujer Gloria regresan despacio a casa, son casi las doce y media y mañana toca volver a la normalidad.




Son las siete y media de la mañana, mi dueño se levanta para ir a trabajar. Se viste con el uniforme de cartero, desayuna un café instantáneo y sale de casa para ir a la parada del autobús. Vive en el distrito Universidad y tiene que dirigirse a la sucursal de correos situada en vía Hispanidad. Cuando Jesús llega a la oficina, ficha en la entrada como que ha llegado a la hora y se va la sección que le corresponde para clasificar las cartas en diferentes zonas del barrio Delicias. A mi dueño le toca siempre la zona de los enlaces, comprendida entre la avenida de Madrid, Alférez Rojas y cortando por Andrés Vicente.
Después de clasificar la correspondencia, Jesús mete todas las cartas en su carrito y se dispone a comenzar el reparto, le espera su recorrido diario. Su primera parada es el grupo Alférez Rojas, las casas más antiguas del barrio. -datan del año 1957- Allí, Jesús recorre todas sus replacetas y charra con algún anciano de cómo han trascurrido las fiestas.

A media mañana Jesús termina la barriada de los pisos de sindicatos y se mete en un bar de la calle Galán Bergua, allí se toma para almorzar un cortado y un pincho de tortilla. Mientras se lo come, lee el heraldo del día para estar informado y comenta las noticias con los que están acodados en la barra.
— ¡Cagüen diez, con este Zaragoza no hacemos carrera! — comenta mi dueño al señor de al lado, que lee furtivamente el periódico de mi dueño — ¡otro partido perdido… a segunda de cabeza!
— Sí es que no tiene equipo, no luchan en el campo… — afirma el señor de al lado — y tampoco hay perras para traer jugadores en condiciones…
— ¡Pues que tiren de la cantera, joder! — exclama mi dueño, limpiándose la boca con una servilleta de papel — qué en el filial hay chavalicos jóvenes que están deseando promocionarse.
Con este debate futbolístico, Jesús paga al camarero con el billete de diez que estaba a mi lado y el hostelero le da los cambios, se despide de todos saludando con la mano y sale a la calle para continuar el reparto de cartas.


Las dos de la tarde. Mi dueño ha terminado la jornada, ha dejado el carrito aparcado en boxes y se dirige a la parada del autobús. La línea veinticuatro le viene muy bien porque le deja a cincuenta metros de su casa, lo malo es que tarda un poco más de la cuenta y mi dueño se desespera por la tardanza, comienza a tener hambre y tiene ganas de llegar a su hogar. Por fin, el autobús llega con un cuarto de hora de retraso, con rostro serio mi dueño pasa la tarjeta por el lector y se sienta en primera fila, justo detrás del conductor.







Llevo dos días con Jesús, el cartero de las Delicias. Durante este tiempo me he pateado las calles repartiendo cartas y certificados, ahora son las once de la mañana y mi dueño está en el bar de siempre almorzando. Cuando ya se va a marchar, me saca de la cartera, -casi me quedo ciego al ver la luz después de varios días en la oscuridad- y me deja encima del mostrador avisando al camarero. El dueño del bar me recoge y entrega al cartero tres billetes de cinco y dos monedas de euro, ahora pertenezco a Serafín, el camarero y dueño del establecimiento hostelero. Él me ha introducido en la caja registradora, aquí se está caliente y hay más billetes igual que yo.
Enseguida se me acaba la tranquilidad y Serafín abre el cajón para cogerme junto a otro billete igual que yo, un billete de cinco y una moneda de cincuenta. Pertenezco a los cambios de un albañil rumano que se ha tomado un bocadillo de boquerones con un vino, ahora se vuelve al tajo; una pequeña reforma en un piso situado enfrente del bar donde acaba de almorzar.
Antes de empezar a trabajar, Preda, -mi dueño- se acordó de que le faltaban unas herramientas y se mete en un bazar oriental que estaba en la calle de atrás. Nada más entrar una china con un vestido de flores le sigue para vigilar que no le roba nada (Estos orientales son muy desconfiados). Mi dueño compra un martillo, una espátula, un destornillador, y una brocha para pintar. Se acerca a la cajera y me saca del bolsillo para pagar, la chinita le da siete euros como cambio y Preda sale de la tienda.
Estoy poco rato en el cajón del bazar oriental, pronto pertenezco a los cambios de una mujer mayor que ha comprado dos velas grandes para guardarlas en casa y ponerlas en el nicho de su difunto marido el día de todos los santos. Mi nueva dueña sale del establecimiento, en el exterior se había levantado una fuerte racha de cierzo y la pobre señora que estaba metiéndome en el bolsillo del chaquetón, se queda muy fresca cuando ve que la fuerza del cierzo me ha arrebatado de sus manos.


Todavía sigo volando por el cielo a merced del maldito cierzo, es una sensación extraña, por un lado es bonito porque ves una panorámica de Zaragoza impresionante, pero por otra parte se me hace un nudo en el estomago al estar tanto tiempo en el aire. El viento me trasporta fácilmente de un lado a otro igual que una pluma; puedo ver las carreteras, el puente del tercer milenio, la torre del agua, el pabellón puente, el World Trade Center del Actur… al final, aterrizo en la terraza de un ático de la avenida María Zambrano, he quedado atrapado entre las hojas de una enredadera que cubría la pared de la citada terraza. Un niño abre la puerta corredera que accede a la vivienda y sale a la terraza, en la mano lleva un estuche con pinturas. Aquel chiquillo debía de tener unos tres años más o menos, buscaba por todos los rincones algún papel para colorear y de casualidad, el niño me encontró entre las hojas de la hiedra. Como no sabía leer aún, mi pequeño dueño me cogió y se tumbó en el suelo contento porque ya había encontrado un papel para pintar.

No se cuanto tiempo pasa hasta que lo descubre la madre pero se me hace eterno. Me estaba pintando con todos los colores del arco iris cuando oigo a lo lejos un grito procedente del interior, el crío para de pintar en el acto y se queda mirando fijamente a una señora que viene acelerada por el salón.
— ¡Pedrito…! — exclama la madre con las manos en la cabeza — ¡¿Se puede saber quién te manda cogerme dinero del monedero?!
— Mamá, este papel estaba en aquella planta — contesta mi pequeño dueño, señalando la enredadera que subía por la pared — lo estoy pintando a mi manera, ¿te gusta, mami?
La madre me coge de las manos del niño, que se pone a llorar amargamente.
— Pedrito, esto no es para pintar… — explica la mujer intentando calmar a su hijo — esto es un billete de veinte euros y sirve para comprar cosas.
— Vale, ¡pero yo quiero pintar! — exclama el crío que me ha cambiado el look — cómprame papel para pintar…

Para hacer calmar al niño, mi nueva dueña baja con él a la papelería de la esquina y le pide al kiosquero un par de libros para colorear. La madre me deja en manos del kiosquero y le entrega a Pedrito los cuentos, el crío se queda más contento que unas castañuelas y yo vuelvo a estar en una caja registradora. Eso sí, ahora me siento diferente, me he convertido en un billete hippie.

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