lunes, 13 de abril de 2015

De Zaragoza a París... mi primer viaje al extranjero.


Me acabo de despertar. En realidad no sé muy bien donde me encuentro, estoy sucio y huelo a mierda corrompida. Lo último que recuerdo es que caí al retrete de los ecuatorianos que estaban chingando, luego alguien tiró de la cadena y me he despertado aquí. Rodeado de porquería, ratas -una de ellas me ha comido una esquina- y una tubería muy gorda que no para de salir agua maloliente que va directamente al río. Un mendigo de esos que van con un carrito de supermercado lleno de mantas me recogió del suelo, me observó al trasluz a ver si era autentico y luego me metió en el bolsillo de su maloliente chaqueta. Caí en la cuenta que estábamos en la orilla del Huerva. Allí vivía mi amo, rodeado de cartones y roedores. Ahora estaba atando a un perro lleno de pulgas al carrito que trasporta, después saldrá a la gran vía para sentarse en su esquina y esperar a que alguien le eche limosna, aunque ahora con la crisis la gente se guarda el poco dinero que tiene.
Como ahora se había encontrado conmigo, José se mete en un bar cercano a su “vivienda” para desayunar caliente, que llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Al dueño del establecimiento le pide un café con leche en taza grande, cuatro churros y dos curasanes, después me saca del bolsillo y me pone encima de la barra. Antonio, -el dueño de la cafetería- me ve y me coge con dos dedos poniendo cara de asco, me deja en la caja registradora y sirve el café a mi antiguo dueño.
Por fin puedo descansar en un sitio caliente después de mi viaje por los desagües. El camarero me ha puesto junto a más billetes de veinte, pero en cuánto mis compañeros me han olido se han apartado y me han dejado más solo que la una. Les doy la razón, ellos están tan nuevos y yo parezco un pordiosero... Poco me dura la tranquilidad porque Antonio abre de nuevo la caja y me coge junto con dos billetes de diez y uno de cinco, formo parte de los cambios de un jubilado que se acaba de tomar un vino y dos salmueras. Se llama Benito y me parece que se va al huerto.


Pues sí, mi dueño me va a llevar al huerto. Benito coge una Vanette destartalada que estaba aparcada delante del bar y se dirige hacía una finca que tiene en la Venta del Olivar, en la carretera de Logroño. Una vez allí, Benito coge la azada de una pequeña caseta de madera en medio del campo y se pone a cavar los surcos para sembrar los tomates. Yo iba metido en la cartera y la cartera iba metida en el bolsillo de la camisa.
Cada vez que el hombre se agachaba hacía la tierra yo sentía un nudo en el estomago, me estaba poniendo malo y Benito no paraba de subir y bajar, parecía una montaña rusa.

Sobre las dos de la tarde, el sol comenzaba a caer con fuerza sobre el campo y el hombre decidió concluir la faena, estaba envuelto en sudor. Volvió a dejar las herramientas en la caseta y se volvió hacia la furgoneta, tenía la garganta seca y el bar más cercano es un club de carretera que esta a orillas de la N-232. En la fachada del puticlub ponía Papiro en un letrero de neón con dos palmeritas dibujadas, el hombre dejo la furgoneta en el aparcamiento del club y se dispuso a entrar para tomarse una jarra helada de cerveza. El interior del garito estaba iluminado solo por focos de colores y las chicas estaban semidesnudas haciendo sensuales bailes. Benito fue derecho a la barra, se sentó en un taburete y pidió una jarra de cerveza, mientras se la bebe observa a las señoritas con mirada viciosa. A la media hora de haberse bebido la jarra, Benito se saca el billete de diez que estaba a mi lado y paga la consumición, el camarero le devuelve uno de cinco. Después sale del local camino de su furgoneta para volver a casa con su mujer.

Los efectos de la cerveza comenzaban a aparecer y mi dueño se quedo dormido en el semáforo de Pikolin, con las manos en el volante. Detrás de él, una fila de más de media docena de coches no paraban de tocar el claxon para que Benito despertará. Al final, alguno de esos conductores avisó a la Guardia Civil y se presentó enseguida para ver que estaba ocurriendo. Un agente bajó del vehículo y se acercó a la furgoneta de Benito, tocó en la ventanilla y mi dueño se despertó sobresaltado.
— Buenas tardes, agente — saluda Benito, con un tono simpático — ¿Qué se le ofrece por aquí?
— ¿Qué hacia durmiéndose en este semáforo, entorpeciendo la marcha de los conductores? — pregunta el guardia civil, poniéndose muy serio — ¿no estará usted borracho?
El agente se saca del bolsillo un alcoholímetro y se lo pone en la cara a mi dueño para que sople. El hombre sopla con todas sus fuerzas y la máquina da positivo.
— No puede ser… — niega Benito, quitando la boquilla del aparato — si yo solo me he tomado una jarra de cerveza en el papiro…
— Por favor circule hacia la cuneta y bájese del vehículo, — dice el guardia con tono chulesco — va a ser sancionado por conducir bajo los efectos del alcohol.
Mi dueño hace todo lo que le ha mandado el agente. El agente está redactando la multa, ciento veinte euros y cuatro puntos. La sanción se queda en sesenta euros si se paga en el acto. Eso es lo que precisamente hace Benito, se saca la cartera y me coge a mí y dos igual que yo, se los entrega al agente y el guardia le deja marcharse de vuelta a su casa.
Ahora pertenezco a la benemérita, en concreto al oficial Fernández, que ha roto la multa y se ha guardado los sesenta euros en su bolsillo, es como si no hubiera existido ninguna sanción. Se vuelve a meter en el coche patrulla y continua su rumbo, aun le quedan tres horas para acabar el turno y comenzar las vacaciones de verano. Cuando por fin se acaba el turno de trabajo y vienen a relevarle, Fermín, -mi nuevo dueño- se quita el uniforme y se pone un pantalón vaquero con una camisa de cuadros, luego coge su moto y se va a Salou, donde le espera su mujer y su hijo de quince años.


Con la velocidad de la moto se me encogía el estomago, mi dueño acaba de llegar a Salou y le ha costado una hora escasa, eso si, iba por lo menos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Así llevo el cuerpo de revuelto, menos mal que es autopista y es recto el camino, sí fuera carretera de curvas ya habría echado hasta la primera papilla. Salou es la playa de los aragoneses, ya que es la más cercana y enseguida te plantas en la costa desde Zaragoza. Mi dueño veranea todos los veranos en el apartamento de sus suegros, situado en la plaza Venus a cien metros de la playa.
Nada más llegar a casa, el hijo de Fermín ve a su padre y va a darle un abrazo, después le pide la propina porque ha quedado con los amigos para hacer botellón en la playa. Mi dueño saca la cartera del bolsillo y me coge a mi y a otro compañero de diez, se los da y le advierte que no beba mucho, que la bebida es muy traicionera.

Mi nuevo amo se llama Jonathan pero en Salou le conocen como el gorras, apodo que le viene por llevar todo el rato una gorra naranja en la cabeza. La cuadrilla de amigos de mi dueño rondan todos los quince años y habían comprado bebidas alcohólicas en el supermercado con un carné de identidad falsificado, ahora se iban a bebérselas a la playa. Cuando ya llevaban un rato tomando cubatas y calimochos, Jonathan llevaba una castaña como un piano y se había acercado a una chica con intención de enrollarse con ella. Los dos se han escondido detrás de la caseta del socorrista, se han tumbado en el suelo y se han empezado a besar.
Mientras la pareja se revuelca en la arena, mi dueño pierde la cartera conmigo dentro y ha quedado semienterrada en la playa.

A la mañana siguiente aún sigo enterrado en la playa, un turista francés recoge la cartera de la arena y tras coger el dinero, deja el billetero en el puesto de socorrista por si vienen a reclamarlo. Mi dueño esta en Salou de vacaciones pero está afincado en París. El padre es un emigrante aragonés que se fue a Francia a recolectar remolacha, se casó con una francesa y tuvieron a Fran, mi amo. Después de recogerme en la playa, Fran cogió el autocar para ir a Barcelona y allí cogería un avión para volver a la capital francesa.


(Soy el primero de mi familia que va a salir al extranjero sin ser cambiado por la moneda autóctona, porque a mi abuelo lo llevaron a Suiza durante la guerra civil y se quedo en el banco universal sin poder ver nada del país)

Después de aterrizar nuestro avión en el aeropuerto Charles de gaule Fran llamó por teléfono a su padre para que le viniera a buscar. Mi dueño vive con sus padres en un barrio periférico de la ciudad de París, desde la terraza de su casa se ve la torre iffel y los campos Eliseos ya que su barrio está situado en la parte alta de la ciudad.
Fran se mete en casa y después de saludar a su madre que estaba en la cocina, se encierra en su cuarto para revisar su correo electrónico. Tiene una lista de más de cien mensajes sin leer, ya que durante su estancia en Salou no hay tenido tiempo de conectarse a Internet. Hay un e-mail que le llama la atención, viene de su amiga Geraldine y le cuenta que tiene muchas ganas de verle y que le llame al móvil en cuánto llegue a Paris. Eso es lo que hace mi dueño al acabar de leer el mensaje, busca el número de teléfono en la agenda y llama a la chica con un brillo especial en los ojos. Al terminar de hablar, mi amo sale de su habitación más contento que unas castañuelas, le dice a sus padres que ha quedado con su chica y sale de casa.
Son las seis de la tarde y en las calles de la capital francesa ya no queda casi nadie, solo algunos jóvenes que se reúnen en las cafeterías para echarse el último café de la tarde antes de irse a cenar. La novia de Fran es una chavala bastante atractiva, formal y acaba de iniciar su carrera como modelo haciendo una sesión de fotografías para una revista de moda adolescente.

La pareja está en una cafetería del centro, Geraldine se está tomando un café con leche y Fran un café solo, los dos hablan de sus cosas mientras se entrelazan las manitas por debajo de la mesa.
— Fran, amor mío, — dice Geraldine, con tono amoroso — tengo que contarte un asunto súper importante…
— Dime guapa… — contesta mi dueño mientras le lanza un beso — contigo se me pasa el tiempo volando.
— Mira, el editor de la revista me ha ofrecido un contrato de trabajo en una agencia de publicidad española… — habla la chica, cogiendo la mano de Fran — me ha dicho que si me voy a Madrid, me paga el alojamiento.
— Pero, ¿qué pasa con lo nuestro? — pregunta Fran imaginándose lo peor — la distancia hace el olvido…
— Por el bien de mi carrera de modelo es mejor que lo dejemos, — contesta fríamente la muchacha — pero siempre podemos seguir siendo amigos…

Mi dueño se levanta de la mesa con cara de idiota, se saca del bolsillo la cartera y paga los cafés con un billete de cinco, después sale por la puerta despacio. Es de noche y va caminando sin rumbo por las calles de Paris, al final llega hasta el puente del Sena y mira la corriente hipnotizado, unas lagrimas recorren sus mejillas mientras recuerda los buenos momentos que ha vivido con Geraldine. A Fran Se le ha pasado por la cabeza la idea de tirarse al río, no quiere seguir en este mundo sin que su chica le ame. Sin dejar de mirar al río, mi dueño se sube a la barandilla y cerrando los ojos un instante se deja caer al agua, su vida entera pasa en décimas de segundo justo antes de sumergirse en el Sena. Yo comienzo a empaparme, menos mal que estoy dentro de la cartera sino se me borraría toda la tinta y sería inutilizable.

El cuerpo inerte de Fran ha llegado hasta la orilla del Río, en la playa urbana que habilitan para el verano a pocos metros del puente donde se tiró. Ha quedado semienterrado en la arena, el primero que ha visto el cadáver ha sido un hombre que trabaja para el ayuntamiento y enseguida ha llamado a los servicios de emergencias para que vinieran a socorrerlo. Mientras el médico certifica la muerte de mi dueño, el enfermero coge la cartera del bolsillo para ver la documentación y luego la mete en una bolsa de plástico para entregársela a los familiares del difunto. Ahora estoy metido en una especie de bolsa recia junto con la ropa hecha jirones de Fran, aquí dentro hace mucho calor.

La policía francesa ha avisado a los padres de Fran, que se han puesto a llorar desconsoladamente en cuánto les han contado los detalles del fallecimiento y les han hecho entrega de las pertenencias del difunto. Su padre coge el billetero de su hijo y lo revisa para ver lo que había dentro: una fotografía de Geraldine, un condón sin usar, un vale-descuento en copas para una discoteca de Salou y cuarenta euros repartidos en un billete de veinte, -que soy yo- uno de diez y dos de cinco. El dinero se lo mete al bolsillo, el resto de cosas las devuelve a la bolsa recia.



Después de tres días, estoy en el entierro de mi antiguo dueño, ahora pertenezco a su padre y el hombre se encuentra en un banco de la primera fila llorando a moco tendido. Cuando el cura acaba la misa, los trabajadores del cementerio trasladan el ataúd hasta la fosa dónde va a ser enterrado, Santiago -mi dueño- no quiere ver dónde meten a su hijo y se va hacía la cafetería del tanatorio llorando. Una vez allí, pide al camarero que le ponga una bebida fuerte y se la bebe de un trago casi sin pestañear. Seguido, me saca del bolsillo poniéndome encima de la barra y le dice al camarero que se cobre.

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