Me
acabo de despertar. En realidad no sé muy bien donde me encuentro,
estoy sucio y huelo a mierda corrompida. Lo último que recuerdo es
que caí al retrete de los ecuatorianos que estaban chingando, luego
alguien tiró de la cadena y me he despertado aquí. Rodeado de
porquería, ratas -una de ellas me ha comido una esquina- y una
tubería muy gorda que no para de salir agua maloliente que va
directamente al río. Un mendigo de esos que van con un carrito de
supermercado lleno de mantas me recogió del suelo, me observó al
trasluz a ver si era autentico y luego me metió en el bolsillo de
su maloliente chaqueta. Caí en la cuenta que estábamos en la orilla
del Huerva. Allí vivía mi amo, rodeado de cartones y roedores.
Ahora estaba atando a un perro lleno de pulgas al carrito que
trasporta, después saldrá a la gran vía para sentarse en su
esquina y esperar a que alguien le eche limosna, aunque ahora con la
crisis la gente se guarda el poco dinero que tiene.
Como
ahora se había encontrado conmigo, José se mete en un bar cercano a
su “vivienda” para desayunar caliente, que llevaba mucho tiempo
sin hacerlo. Al dueño del establecimiento le pide un café con leche
en taza grande, cuatro churros y dos curasanes, después me saca del
bolsillo y me pone encima de la barra. Antonio, -el dueño de la
cafetería- me ve y me coge con dos dedos poniendo cara de asco, me
deja en la caja registradora y sirve el café a mi antiguo dueño.
Por
fin puedo descansar en un sitio caliente después de mi viaje por los
desagües. El camarero me ha puesto junto a más billetes de veinte,
pero en cuánto mis compañeros me han olido se han apartado y me han
dejado más solo que la una. Les doy la razón, ellos están tan
nuevos y yo parezco un pordiosero... Poco me dura la tranquilidad
porque Antonio abre de nuevo la caja y me coge junto con dos billetes
de diez y uno de cinco, formo parte de los cambios de un jubilado que
se acaba de tomar un vino y dos salmueras. Se llama Benito y me
parece que se va al huerto.
Pues
sí, mi dueño me va a llevar al huerto. Benito coge una Vanette
destartalada que estaba aparcada delante del bar y se dirige hacía
una finca que tiene en la Venta del Olivar, en la carretera de
Logroño. Una vez allí, Benito coge la azada de una pequeña caseta
de madera en medio del campo y se pone a cavar los surcos para sembrar los tomates. Yo iba metido en la cartera y la cartera iba metida
en el bolsillo de la camisa.
Cada vez que el hombre se agachaba hacía
la tierra yo sentía un nudo en el estomago, me estaba poniendo malo
y Benito no paraba de subir y bajar, parecía una montaña rusa.
Sobre
las dos de la tarde, el sol comenzaba a caer con fuerza sobre el
campo y el hombre decidió concluir la faena, estaba envuelto en
sudor. Volvió a dejar las herramientas en la caseta y se volvió
hacia la furgoneta, tenía la garganta seca y el bar más cercano es
un club de carretera que esta a orillas de la N-232. En la
fachada del puticlub ponía Papiro en un letrero de neón con
dos palmeritas dibujadas, el hombre dejo la furgoneta en el
aparcamiento del club y se dispuso a entrar para tomarse una jarra
helada de cerveza. El interior del garito estaba iluminado solo por
focos de colores y las chicas estaban semidesnudas haciendo sensuales
bailes. Benito fue derecho a la barra, se sentó
en un taburete y pidió una jarra de cerveza, mientras se la bebe
observa a las señoritas con mirada viciosa. A la media hora de
haberse bebido la jarra, Benito se saca el billete de diez que estaba
a mi lado y paga la consumición, el camarero le devuelve uno de
cinco. Después sale del local camino de su furgoneta para volver a
casa con su mujer.
Los
efectos de la cerveza comenzaban a aparecer y mi dueño se quedo
dormido en el semáforo de Pikolin, con las manos en el
volante. Detrás de él, una fila de más de media docena de coches
no paraban de tocar el claxon para que Benito despertará. Al final,
alguno de esos conductores avisó a la Guardia Civil y se presentó
enseguida para ver que estaba ocurriendo. Un agente bajó del
vehículo y se acercó a la furgoneta de Benito, tocó en la
ventanilla y mi dueño se despertó sobresaltado.
—
Buenas tardes, agente — saluda Benito, con un tono simpático —
¿Qué se le ofrece por aquí?
—
¿Qué hacia durmiéndose en este semáforo, entorpeciendo la marcha
de los conductores? — pregunta el guardia civil, poniéndose muy
serio — ¿no estará usted borracho?
El
agente se saca del bolsillo un alcoholímetro y se lo pone en la cara
a mi dueño para que sople. El hombre sopla con todas sus fuerzas y
la máquina da positivo.
—
No puede ser… — niega Benito, quitando la boquilla del aparato —
si yo solo me he tomado una jarra de cerveza en el papiro…
—
Por favor circule hacia la cuneta y bájese del vehículo, — dice
el guardia con tono chulesco — va a ser sancionado por conducir
bajo los efectos del alcohol.
Mi
dueño hace todo lo que le ha mandado el agente. El agente está
redactando la multa, ciento veinte euros y cuatro puntos. La sanción
se queda en sesenta euros si se paga en el acto. Eso es lo que
precisamente hace Benito, se saca la cartera y me coge a mí y dos
igual que yo, se los entrega al agente y el guardia le deja marcharse
de vuelta a su casa.
Ahora
pertenezco a la benemérita, en concreto al oficial Fernández, que
ha roto la multa y se ha guardado los sesenta euros en su bolsillo,
es como si no hubiera existido ninguna sanción. Se vuelve a meter en
el coche patrulla y continua su rumbo, aun le quedan tres horas para
acabar el turno y comenzar las vacaciones de verano. Cuando por fin
se acaba el turno de trabajo y vienen a relevarle, Fermín, -mi nuevo
dueño- se quita el uniforme y se pone un pantalón vaquero con una
camisa de cuadros, luego coge su moto y se va a Salou, donde le
espera su mujer y su hijo de quince años.
Con
la velocidad de la moto se me encogía el estomago, mi dueño acaba
de llegar a Salou y le ha costado una hora escasa, eso si, iba por lo
menos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Así llevo el cuerpo
de revuelto, menos mal que es autopista y es recto el camino, sí
fuera carretera de curvas ya habría echado hasta la primera papilla.
Salou es la playa de los aragoneses, ya que es la más cercana y
enseguida te plantas en la costa desde Zaragoza. Mi dueño veranea
todos los veranos en el apartamento de sus suegros, situado en la
plaza Venus a cien metros de la playa.
Nada
más llegar a casa, el hijo de Fermín ve a su padre y va a darle un
abrazo, después le pide la propina porque ha quedado con los amigos
para hacer botellón en la playa. Mi dueño saca la cartera del
bolsillo y me coge a mi y a otro compañero de diez, se los da y le
advierte que no beba mucho, que la bebida es muy traicionera.
Mi
nuevo amo se llama Jonathan pero en Salou le conocen como el
gorras, apodo que le viene por llevar todo el rato una gorra
naranja en la cabeza. La cuadrilla de amigos de mi dueño rondan
todos los quince años y habían comprado bebidas alcohólicas en el
supermercado con un carné de identidad falsificado, ahora se iban a
bebérselas a la playa. Cuando ya llevaban un rato tomando cubatas y
calimochos, Jonathan llevaba una castaña como un piano y se había
acercado a una chica con intención de enrollarse con ella. Los dos
se han escondido detrás de la caseta del socorrista, se han tumbado
en el suelo y se han empezado a besar.
Mientras la pareja se revuelca
en la arena, mi dueño pierde la cartera conmigo dentro y ha quedado
semienterrada en la playa.
A
la mañana siguiente aún sigo enterrado en la playa, un turista
francés recoge la cartera de la arena y tras coger el dinero, deja
el billetero en el puesto de socorrista por si vienen a reclamarlo.
Mi dueño esta en Salou de vacaciones pero está afincado en París.
El padre es un emigrante aragonés que se fue a Francia a recolectar
remolacha, se casó con una francesa y tuvieron a Fran, mi amo.
Después de recogerme en la playa, Fran cogió el autocar para ir a
Barcelona y allí cogería un avión para volver a la capital
francesa.
(Soy
el primero de mi familia que va a salir al extranjero sin ser
cambiado por la moneda autóctona, porque a mi abuelo lo llevaron a
Suiza durante la guerra civil y se quedo en el banco universal sin
poder ver nada del país)
Después de aterrizar nuestro avión en el
aeropuerto Charles de gaule Fran llamó por teléfono a su
padre para que le viniera a buscar. Mi dueño vive con sus padres en
un barrio periférico de la ciudad de París, desde la terraza de su
casa se ve la torre iffel y los campos Eliseos ya que su
barrio está situado en la parte alta de la ciudad.
Fran
se mete en casa y después de saludar a su madre que estaba en la
cocina, se encierra en su cuarto para revisar su correo electrónico.
Tiene una lista de más de cien mensajes sin leer, ya que durante su
estancia en Salou no hay tenido tiempo de conectarse a Internet. Hay
un e-mail que le llama la atención, viene de su amiga Geraldine y le
cuenta que tiene muchas ganas de verle y que le llame al móvil en
cuánto llegue a Paris. Eso es lo que hace mi dueño al acabar de
leer el mensaje, busca el número de teléfono en la agenda y llama a
la chica con un brillo especial en los ojos. Al terminar de hablar,
mi amo sale de su habitación más contento que unas castañuelas, le
dice a sus padres que ha quedado con su chica y sale de casa.
Son
las seis de la tarde y en las calles de la capital francesa ya no
queda casi nadie, solo algunos jóvenes que se reúnen en las
cafeterías para echarse el último café de la tarde antes de irse a
cenar. La novia de Fran es una chavala bastante atractiva, formal y
acaba de iniciar su carrera como modelo haciendo una sesión de
fotografías para una revista de moda adolescente.
La
pareja está en una cafetería del centro, Geraldine se está tomando
un café con leche y Fran un café solo, los dos hablan de sus cosas
mientras se entrelazan las manitas por debajo de la mesa.
—
Fran, amor mío, — dice Geraldine, con tono amoroso — tengo que
contarte un asunto súper importante…
—
Dime guapa… — contesta mi dueño mientras le lanza un beso —
contigo se me pasa el tiempo volando.
—
Mira, el editor de la revista me ha ofrecido un contrato de trabajo
en una agencia de publicidad española… — habla la chica,
cogiendo la mano de Fran — me ha dicho que si me voy a Madrid, me
paga el alojamiento.
—
Pero, ¿qué pasa con lo nuestro? — pregunta Fran imaginándose lo
peor — la distancia hace el olvido…
—
Por el bien de mi carrera de modelo es mejor que lo dejemos, —
contesta fríamente la muchacha — pero siempre podemos seguir
siendo amigos…
Mi
dueño se levanta de la mesa con cara de idiota, se saca del bolsillo
la cartera y paga los cafés con un billete de cinco, después sale
por la puerta despacio. Es de noche y va caminando sin rumbo por las
calles de Paris, al final llega hasta el puente del Sena y mira la
corriente hipnotizado, unas lagrimas recorren sus mejillas mientras
recuerda los buenos momentos que ha vivido con Geraldine. A Fran Se
le ha pasado por la cabeza la idea de tirarse al río, no quiere
seguir en este mundo sin que su chica le ame. Sin dejar de mirar al
río, mi dueño se sube a la barandilla y cerrando los ojos un
instante se deja caer al agua, su vida entera pasa en décimas de
segundo justo antes de sumergirse en el Sena. Yo comienzo a
empaparme, menos mal que estoy dentro de la cartera sino se me
borraría toda la tinta y sería inutilizable.
El
cuerpo inerte de Fran ha llegado hasta la orilla del Río, en la
playa urbana que habilitan para el verano a pocos metros del puente
donde se tiró. Ha quedado semienterrado en la arena, el primero que
ha visto el cadáver ha sido un hombre que trabaja para el
ayuntamiento y enseguida ha llamado a los servicios de emergencias
para que vinieran a socorrerlo. Mientras el médico certifica la
muerte de mi dueño, el enfermero coge la cartera del bolsillo para
ver la documentación y luego la mete en una bolsa de plástico para
entregársela a los familiares del difunto. Ahora estoy
metido en una especie de bolsa recia junto con la ropa hecha jirones
de Fran, aquí dentro hace mucho calor.
La
policía francesa ha avisado a los padres de Fran, que se han puesto
a llorar desconsoladamente en cuánto les han contado los detalles
del fallecimiento y les han hecho entrega de las pertenencias del
difunto. Su padre coge el billetero de su hijo y lo revisa para ver
lo que había dentro: una fotografía de Geraldine, un condón sin
usar, un vale-descuento en copas para una discoteca de Salou y
cuarenta euros repartidos en un billete de veinte, -que soy yo- uno
de diez y dos de cinco. El dinero se lo mete al bolsillo, el resto de
cosas las devuelve a la bolsa recia.
Después de tres días, estoy
en el entierro de mi antiguo dueño, ahora pertenezco a su padre y el
hombre se encuentra en un banco de la primera fila llorando a moco
tendido. Cuando el cura acaba la misa, los trabajadores del
cementerio trasladan el ataúd hasta la fosa dónde va a ser
enterrado, Santiago -mi dueño- no quiere ver dónde meten a su hijo
y se va hacía la cafetería del tanatorio llorando. Una vez allí,
pide al camarero que le ponga una bebida fuerte y se la bebe de un
trago casi sin pestañear. Seguido, me saca del bolsillo poniéndome
encima de la barra y le dice al camarero que se cobre.
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