jueves, 16 de abril de 2015

Viaje a Barcelona con final feliz


Mi dueño se llama Agustín, conduce un furgón carrozado de tres mil quinientos kilos y suele hacer portes a las fábricas y almacenes. Ahora se dirige a un polígono de las afueras de Barcelona, yo estoy dentro de una pequeña bandolera que esta en el asiento del copiloto, desde mi posición puedo oír la la radio donde una chica con voz sensual está leyendo unos poemas eróticos. Agustín no habla, esta pendiente de la carretera y de vez en cuando se enciende algún pitillo que otro.

Al cabo de dos horas mi dueño llega a su destino, coge la bandolera en la que estoy dentro y baja del furgón para abrir las puertas traseras. Un operario con un mono azul montado en un toro mecánico descarga las mercancías que mi dueño transportaba, después le firma el albarán de entrega y Agustín se despide del operario mientras se vuelve al camión otra vez. Aún le queda otra parada en ese mismo polígono, es una fábrica de plásticos y allí tiene que descargar un palet de tubos de pvc.
Ahora que tiene el furgón vacío mi dueño vuelve a Huesca, pero antes de emprender el camino a la capital oscense para en una estación de servicio de la autopista para reponer fuerzas con una buena comida.

Tras comer unos huevos fritos con chistorra, mi dueño me saca de la bandolera y me deja encima de la mesa, llamando al camarero para que me recoja.

— ¡Mocé! — exclama mi dueño, alzando el brazo y sacudiendo la mano — ¿me cobras?

El camarero me recoge de encima de la mesa, me mira de reojo mientras va hacia la barra, le llama la atención mi atuendo hippie y me enseña a la cocinera del restaurante, es ella la que se saca un billete igual del bolsillo y se lo cambia a su compañero de trabajo. Le ha gustado mi aspecto tan colorido y ya que le gusta coleccionarse monedas y billetes extraños, le comenta al camarero que me pondrá en una vitrina del salón de su hogar.
Me acabo de convertir en una pieza de museo, es todo un lujo para un billete acabar de esta manera.




DESPEDIDA




Gracias a que llevo siempre encima mi ordenador portátil he podido terminar mi relato desde la vitrina donde mi dueña me ha colocado, ahora estoy exportando el documento a PDF para mandárselo por e-mail al tipo que me encargo la redacción de este blog. Menos mal que la coleccionista tiene conexión WIFI en toda la casa y me puedo conectar a Internet sin problemas.

Una vez realizado el trabajo solo me queda disfrutar de mi retiro en esta vitrina. Aquí estamos un montón; hay un billete de cinco al que alguien estampó la frase “¡cristo te ama, sonríe!” y cayó en manos de la coleccionista, también hay monedas de origen extranjero o conmemorativo, aquí se encuentra un billete de diez mil pesetas de color azul al que hemos apodado “el general”. Pero aparte del dinero raro, también hay una colección de figuritas de plata que representan las cofradías de Zaragoza, otra de los gigantes y cabezudos de la capital aragonesa y un soldadito de plomo que va a cuerda y lleva un pequeño bombo del bajo Aragón. Todo esto lo tiene porque mi dueña es natural de Zaragoza y cuando siente nostalgia de su ciudad se sienta en una silla y se queda mirando la vitrina con la mirada perdida recordando tiempos vividos en la capital del Ebro.
Bueno me despido ya, que ahora vamos a celebrar el cumpleaños del soldadito de plomo y hemos quedado todos en el estante de arriba para que una barbie con aspecto raro que hemos contratado nos haga un espectáculo erótico. 


Espero que os haya gustado mi historia porque me ha comentado el gachó que estampa su firma en este blog, el "alparcero", que pronto me encargará mas relatos sobre mi vida y creo que a la próxima vez que nos veamos os contaré la historia de un primo mío, él es un billete de 50 euros y nació en una imprenta clandestina en los bajos de un edificio del casco antiguo de Zaragoza.

¡HASTA PRONTO!

miércoles, 15 de abril de 2015

De Zaragoza a Huesca...


Un chico joven entra en la papelería. Pide un cuaderno de anillas, un bolígrafo, un lapicero y una goma de borrar, paga con un billete de cincuenta y el dependiente me saca de la caja registradora junto con otro de veinte y uno de cinco. El chaval se queda sorprendido al ver mi nuevo aspecto, nunca había visto a un billete de veinte euros coloreado igual que el arco iris.

Mi dueño es un muchacho de veinticinco años que esta en el paro, ahora va camino del centro comercial Grancasa para pasar la tarde caliente sin gastar un euro. En la puerta del comercio se encuentra a una amiga que esta en la misma situación que mi dueño y juntos deciden tomar algo en una cafetería del interior. Cuando están sentados en una de las mesas de la terraza, mi dueño me saca del bolsillo para enseñar mi aspecto a su amiga y la chica se queda sorprendida al verme. Yo también me quedo sin palabras al verla a ella, -creo que me he enamorado- es la muchacha más guapa que he visto en mi corta vida. Pero pronto se me acaba la alegría, la amiga me devuelve a mi dueño y él me introduce en su bolsillo, ¡ala, otra vez a la oscuridad!
Después de estar un rato charlando, mi dueño paga con un billete de cinco y se va del centro comercial. Ahora están los dos en la parada del cuarenta y dos, esperan al autobús para volver al barrio de las delicias. Tras veinte minutos de espera, el bus llega a la parada y la pareja accede al interior. Se sientan al final del vehículo.

El autobús les deja en el videoclub de la Vía Universitas y mi dueño se despide de su amiga. A continuación se dirige a su casa, por el camino se encuentra a sus padres que habían salido a dar una vuelta y ya les acompaña en el paseo. Yendo por la avenida de Madrid, un vendedor de cupones grita en una esquina que lleva el gordo y que le quedan pocos. Mi dueño se detiene de sopetón y mirando a sus padres decide cogerle un cupón de la ONCE. me saca del bolsillo del pantalón y me entrega al vendedor aclarándole que soy de veinte, El invidente me pone a dos milímetros de su cara para asegurarse y le entrega el cupón con los correspondientes cambios.

Mi nuevo dueño sigue voceando que lleva el premio gordo hasta que barrunta que ya casi no hay gente paseando, luego comienza a caminar calle abajo dando golpecitos en el suelo con su bastón de madera. En la acera se acumulan las hojas de los árboles que el viento se ha encargado de agruparlas en pequeños montoncitos; una de esas hojas, -mojada por la reciente lluvia- hizo que mi dueño se resbalará y cayera al suelo haciendo un tremendo ruido. El bastón y la regla con los cupones fueron a parar a la calzada y el pobre invidente se echaba mano a la cadera aguantándose unos dolores terribles. Un matrimonio de avanzada edad avisó a una ambulancia con el teléfono móvil, pero no levantaron a mi dueño por sí tenía algo roto. La señora le daba conversación a mi amo para que estuviera consciente hasta que llegasen los servicios médicos. Una UVI móvil del servicio de bomberos de Zaragoza trasladó a mi dueño al hospital clínico, allí le diagnosticaron que tenía fracturado el fémur y lo ingresaron en el mismo hospital, a mí me introdujeron en una bolsa de basura junto con todas sus pertenencias. Al estar en esta bolsa me acordaba de un antiguo dueño francés que se tiró al Sena por amor y momentos después yo acabé en un saco parecido a este.




Llevo más de seis horas metido en este saco, hace un calor insoportable. Pronto veo la luz porque alguien abre la bolsa y me saca de mi encierro, me parece que es una hermana de mi dueño que ha acudido al clínico después de que los propios médicos le avisarán de que su hermano invidente había tenido un accidente en la calle. Yo he adivinado que sería la hermana porque cuando ha entrado por la puerta ha preguntado a la enfermera: “¿Qué tal está mi hermano?” y por lógica he sacado esta conclusión.
Es ella la que me recoge de la bolsa junto al resto de recaudación de la venta de los cupones, después se lo cuenta a su hermano.
— José, que te cojo el dinero de la cartera… — le dice Gloria a mi dueño — que aquí en los hospitales tienen la mano muy larga, ¿te lo guardo en casa o prefieres que lo entregue a la asociación?
— Guárdalo en casa, guárdalo en casa… — responde el ciego — ese dinero forman parte de mis beneficios por la venta de cupones.
Gloria mete todos los billetes en su bolso y se sienta en una silla para hacerle compañía a su hermano. A la media hora, una enfermera le entra la cena a mi dueño, su hermana se la da despacio y cuando ha terminado toda la bandeja, se despide del invidente con un beso en la mejilla y sale de la habitación. Se mete en el ascensor y baja a la planta baja para salir al exterior del hospital, va dirección a su casa y por el camino se encuentra a un viejo compañero de trabajo que la convence para que se tomé con él una copa y recordar viejos tiempos del curro.
Estando en un bar con solera situado en la esquina de la avenida Valencia, la hermana de mi dueño se toma un gintonic y su amigo un sol y sombra. Juntos hablan y ríen a carcajadas hasta que el camarero los echa amablemente para poder cerrar el garito, mi supuesta dueña me coge del bolso y paga las consumiciones que se han tomado, el profesional del bar le da cinco euros como cambio y la pareja sale del establecimiento un poquito alegre. Ahora yo vuelvo a pertenecer al dueño de un bar.


*****


He llegado a la conclusión de que a la gente le gusta bastante reunirse en los bares; porque de todos los dueños que he tenido hasta ahora, a un cincuenta por cien, -sí no son más- los he conocido dentro de un establecimiento hostelero. ¡Y luego dicen que hay crisis! Con esto de la recesión la gente prefiere guardar el poco dinero que tiene pero no perdona su visita diaria al bar, aunque se reduzca al simple cortado de la mañana.


*****


Hoy es miércoles, mi dueño me ha cogido del cajón junto con dos billetes de cincuenta y se ha ido con su señora al rastro, situado en lo que era el parking sur de la expo. En el bar ha dejado a su hijo porque los miércoles no hay mucho personal y así se va acostumbrando al mundo laboral.

El matrimonio ha llegado al rastrillo callejero, popularmente conocido como las rebajas del corte Inglés. Allí, la mujer de mi dueño se ha puesto a revolver en un montón de ropa donde ponía un cartel de jerséis a tres euros y mi dueño esperaba con resignación a que la señora terminará. Tras pasar el rato revolviendo; la señora encuentra un jersey de cuello vuelto color vino para el marido, uno de rombos, otro azul celeste para el hijo y uno más con el cuello acabado en pico. Ahora mi dueño le toca pagar y me saca de la cartera para entregarme al vendedor ambulante, que le da un billete de cinco y tres monedas de euro como cambio. Por doce euros mi antiguo dueño tiene jerséis para toda la familia, ¡menuda ganga! Pronto cambio de mano y pertenezco a los cambios de una señora mayor que ha comprado una docena de jerséis y ha pagado con un billete de cincuenta, la mujer va ahora al puesto de las bragas. Allí me cambia por veinte bragas tamaño XXL, de a euro la unidad.

Me he pegado toda la mañana en el puesto de la ropa interior donde mi dueña, -una gitana con el pelo largo y rizado- no paraba de gritar para llamar la atención de las clientas. Como ya van dando las dos en el reloj y los clientes comienzan a escasear, mis dueños comienzan a recoger el tenderete, después cargarán todo en una furgoneta grande y bastante destartalada. La operación de repliegue la hacen a ritmo de las canciones de los chichos, que suenan sin parar en el radiocasette del vehículo y a mi se me estaba poniendo la cabeza como un bombo al oír tanto flamenco.
— Dolores, anda, dame algo suelto… — pide Antonio, mientras se monta en la furgoneta — que tengo que echar gasoil y llevo todo atao en la cartera.
Mi dueña me saca del mandil junto con otro igual que yo y nos entrega al marido, que ha puesto la furgoneta en marcha y va camino de la gasolinera, situada al final de la avenida María Zambrano.
Mi dueño aparca la camioneta junto al surtidor de gasoil; baja de ella, marca en la máquina la cantidad de cuarenta euros y coge la manguera para introducirla en el deposito del vehículo. Tras estar un rato repostando, mi dueño deja la manguera en su sitio y se dirige a la tienda para pagar. Un chaval de treinta y tantos años con un peto y una gorra con el nombre de la compañía petrolífera le atiende, el gitano entrega los dos billetes de veinte que le acaba de dar su mujer y pide que le haga factura para desgravar el IVA. Yo vuelvo a estar en una caja registradora, ya he estado otras veces en un cajón similar, pero esta vez hay una clara diferencia: el olor que hay en el ambiente. Toda la gasolinera huele a petróleo, el olor se mete en la tienda e incluso yo, dentro del cajón, noto ese olor a gasolina. Menos mal que el gasolinero abre pronto la caja registradora y me coge para entregarme a un señor que lleva una mugrienta gorra con publicidad de una empresa de fertilizantes. Yo pertenezco a los cambios después de que pagará con un billete de cincuenta una factura de gasoil que ascendía a treinta euros.
Mi nuevo dueño vive en Huesca capital, ha bajado a Zaragoza para hacer unas gestiones en la DGA y después de llenar el deposito de su auto se sube de nuevo a su territorio.

La distancia entre las dos ciudades es de ochenta kilómetros y encima es autovía. Mi dueño vive con su familia en un piso de la calle Cabestany, pero en cuánto ha llegado a Huesca se ha detenido en un bar de la avenida Martínez Velasco para tomarse su cortado de cada tarde y echar la partida de rabino con los amigos de siempre. La tarde se le ha dado mal a mi dueño y le han venido muy malas cartas, así que le toca pagar las consumiciones que han tomado los jugadores durante la partida. Me saca de la cartera y me deja encima de la barra avisando al camarero, el hostelero me recoge y me mete en la caja registradora sacando un billete de diez para darle las vueltas a mi antiguo dueño.
Pronto vuelven abrir el cajón para cogerme y ponerme en un platito de plástico junto a un ticket, un billete de diez, otro de cinco, dos monedas de cincuenta y una de veinte. Pertenezco a los cambios de un transportista que ha parado a echar un bocado antes de continuar su viaje a Barcelona.

La fuerza del cierzo


A la mañana siguiente mi dueña se despertó a las diez y media pasadas. Ella compartía piso con dos chicas más, las tres estudian geológicas y en los ratos libres trabajan a media jornada para pagar los gastos de la casa. Mi dueña se llamaba Carmen; hoy tenía el día libre en el auditorio y con motivo de las fiestas del pilar, también tenía fiesta en la universidad. Es el último día de fiestas y quiere aprovecharlo al cien por cien. Para ello, coge el teléfono móvil y llama a Jennifer, su amiga de la infancia. Quedan para tomar el vermú en un bar de la zona del tubo, se comen una ración doble de papas bravas entre las dos y de beber unas cañas. A la hora de pagar le toca a Jennifer, ya han quedado así entre las dos. A mi dueña le tocará pagar los bocadillos que se tomarán más tarde en la carpa del Ternasco. Lo bien repartido, sabe mejor.

Después de salir del bar, las dos amigas deciden entretenerse viendo los puestos de artesanía de la plaza de los Sitios. Se paran en un garito de la cerámica de Muel, donde un señor de avanzada edad hace una demostración de cómo se fabrica un botijo de barro. Mi dueña compra un cántaro pintado con los motivos característicos de la cerámica del municipio, lo paga con un billete de cincuenta. El siguiente puesto donde se paran es un garito de gastronomía típica de Morata de Jalón; allí, una mujer les ofrece unas rosquillas, las chicas las prueban y salen tan satisfechas que mi dueña compra dos bolsas, me coge del bolsito de cuero y me entrega a la señora de Morata, qué me introduce en el bolsillo de su delantal y le da a Carmen un billete de diez con dos monedas de euro como cambio. Estoy poco rato en el delantal de mi nueva dueña, a los diez minutos formo parte de los cambios de un señor que lleva una boina de pana y que acaba de comprar una docena de magdalenas, unos mantecados y una torta de almendras.
El señor de la boina se detiene delante de un puesto de artesanía vidriera, se queda fascinado al ver como se retuerce el vidrio al calentarse. Anda un poco más y se vuelve a detener en otro puesto donde venden miel del Moncayo, compra dos frascos de kilo y me entrega al tendero para pagarlos, el mielero me introduce en una caja de madera y le devuelve a mi dueño un billete de cinco, dos monedas de euro y una de cincuenta. Pronto vuelvo a salir del cajón, ahora pertenezco a los cambios de un hombre que ha comprado una garrafa de cinco kilos con un billete de cincuenta euros. Mi nuevo dueño va directo a su casa. Llevando cinco kilos de peso en la mano no se quiere enredar en ningún sitio, ya saldrá más tarde con la parienta para ver la traca de fin de fiestas.


Son las diez de la noche, mi dueño espera impaciente a que su mujer se termine de arreglar. Los dos se van a coger un buen sitio en la ribera del Ebro para disfrutar de los fuegos artificiales, yo aún sigo en su cartera; acompañado de un calendario con una gachí en pelotas, un billete de cincuenta, otro de diez y una foto de los hijos con un letrero que pone “papi, te queremos”.
Jesús -mi dueño- y su mujer se colocan en el apeadero del club náutico, justo donde el Ebrobús hace una parada. Como él, más gente ha hecho lo mismo, se pueden contar por decenas las personas que se han reunido al abrigo del cierzo para contemplar la espectacular traca final. Se oye el primer aviso, seguido el segundo y el tercero, a continuación van quemando los distintos cartuchos de pólvora. Yo solo oigo las explosiones, pero me da igual porque los he visto otros años y me imagino que serán igual que siempre.
Acabada la traca, toda la gente aplaude acordándose de los buenos momentos que han pasado en las fiestas y esperando con ganas a que lleguen las del año próximo. Jesús y su mujer Gloria regresan despacio a casa, son casi las doce y media y mañana toca volver a la normalidad.




Son las siete y media de la mañana, mi dueño se levanta para ir a trabajar. Se viste con el uniforme de cartero, desayuna un café instantáneo y sale de casa para ir a la parada del autobús. Vive en el distrito Universidad y tiene que dirigirse a la sucursal de correos situada en vía Hispanidad. Cuando Jesús llega a la oficina, ficha en la entrada como que ha llegado a la hora y se va la sección que le corresponde para clasificar las cartas en diferentes zonas del barrio Delicias. A mi dueño le toca siempre la zona de los enlaces, comprendida entre la avenida de Madrid, Alférez Rojas y cortando por Andrés Vicente.
Después de clasificar la correspondencia, Jesús mete todas las cartas en su carrito y se dispone a comenzar el reparto, le espera su recorrido diario. Su primera parada es el grupo Alférez Rojas, las casas más antiguas del barrio. -datan del año 1957- Allí, Jesús recorre todas sus replacetas y charra con algún anciano de cómo han trascurrido las fiestas.

A media mañana Jesús termina la barriada de los pisos de sindicatos y se mete en un bar de la calle Galán Bergua, allí se toma para almorzar un cortado y un pincho de tortilla. Mientras se lo come, lee el heraldo del día para estar informado y comenta las noticias con los que están acodados en la barra.
— ¡Cagüen diez, con este Zaragoza no hacemos carrera! — comenta mi dueño al señor de al lado, que lee furtivamente el periódico de mi dueño — ¡otro partido perdido… a segunda de cabeza!
— Sí es que no tiene equipo, no luchan en el campo… — afirma el señor de al lado — y tampoco hay perras para traer jugadores en condiciones…
— ¡Pues que tiren de la cantera, joder! — exclama mi dueño, limpiándose la boca con una servilleta de papel — qué en el filial hay chavalicos jóvenes que están deseando promocionarse.
Con este debate futbolístico, Jesús paga al camarero con el billete de diez que estaba a mi lado y el hostelero le da los cambios, se despide de todos saludando con la mano y sale a la calle para continuar el reparto de cartas.


Las dos de la tarde. Mi dueño ha terminado la jornada, ha dejado el carrito aparcado en boxes y se dirige a la parada del autobús. La línea veinticuatro le viene muy bien porque le deja a cincuenta metros de su casa, lo malo es que tarda un poco más de la cuenta y mi dueño se desespera por la tardanza, comienza a tener hambre y tiene ganas de llegar a su hogar. Por fin, el autobús llega con un cuarto de hora de retraso, con rostro serio mi dueño pasa la tarjeta por el lector y se sienta en primera fila, justo detrás del conductor.







Llevo dos días con Jesús, el cartero de las Delicias. Durante este tiempo me he pateado las calles repartiendo cartas y certificados, ahora son las once de la mañana y mi dueño está en el bar de siempre almorzando. Cuando ya se va a marchar, me saca de la cartera, -casi me quedo ciego al ver la luz después de varios días en la oscuridad- y me deja encima del mostrador avisando al camarero. El dueño del bar me recoge y entrega al cartero tres billetes de cinco y dos monedas de euro, ahora pertenezco a Serafín, el camarero y dueño del establecimiento hostelero. Él me ha introducido en la caja registradora, aquí se está caliente y hay más billetes igual que yo.
Enseguida se me acaba la tranquilidad y Serafín abre el cajón para cogerme junto a otro billete igual que yo, un billete de cinco y una moneda de cincuenta. Pertenezco a los cambios de un albañil rumano que se ha tomado un bocadillo de boquerones con un vino, ahora se vuelve al tajo; una pequeña reforma en un piso situado enfrente del bar donde acaba de almorzar.
Antes de empezar a trabajar, Preda, -mi dueño- se acordó de que le faltaban unas herramientas y se mete en un bazar oriental que estaba en la calle de atrás. Nada más entrar una china con un vestido de flores le sigue para vigilar que no le roba nada (Estos orientales son muy desconfiados). Mi dueño compra un martillo, una espátula, un destornillador, y una brocha para pintar. Se acerca a la cajera y me saca del bolsillo para pagar, la chinita le da siete euros como cambio y Preda sale de la tienda.
Estoy poco rato en el cajón del bazar oriental, pronto pertenezco a los cambios de una mujer mayor que ha comprado dos velas grandes para guardarlas en casa y ponerlas en el nicho de su difunto marido el día de todos los santos. Mi nueva dueña sale del establecimiento, en el exterior se había levantado una fuerte racha de cierzo y la pobre señora que estaba metiéndome en el bolsillo del chaquetón, se queda muy fresca cuando ve que la fuerza del cierzo me ha arrebatado de sus manos.


Todavía sigo volando por el cielo a merced del maldito cierzo, es una sensación extraña, por un lado es bonito porque ves una panorámica de Zaragoza impresionante, pero por otra parte se me hace un nudo en el estomago al estar tanto tiempo en el aire. El viento me trasporta fácilmente de un lado a otro igual que una pluma; puedo ver las carreteras, el puente del tercer milenio, la torre del agua, el pabellón puente, el World Trade Center del Actur… al final, aterrizo en la terraza de un ático de la avenida María Zambrano, he quedado atrapado entre las hojas de una enredadera que cubría la pared de la citada terraza. Un niño abre la puerta corredera que accede a la vivienda y sale a la terraza, en la mano lleva un estuche con pinturas. Aquel chiquillo debía de tener unos tres años más o menos, buscaba por todos los rincones algún papel para colorear y de casualidad, el niño me encontró entre las hojas de la hiedra. Como no sabía leer aún, mi pequeño dueño me cogió y se tumbó en el suelo contento porque ya había encontrado un papel para pintar.

No se cuanto tiempo pasa hasta que lo descubre la madre pero se me hace eterno. Me estaba pintando con todos los colores del arco iris cuando oigo a lo lejos un grito procedente del interior, el crío para de pintar en el acto y se queda mirando fijamente a una señora que viene acelerada por el salón.
— ¡Pedrito…! — exclama la madre con las manos en la cabeza — ¡¿Se puede saber quién te manda cogerme dinero del monedero?!
— Mamá, este papel estaba en aquella planta — contesta mi pequeño dueño, señalando la enredadera que subía por la pared — lo estoy pintando a mi manera, ¿te gusta, mami?
La madre me coge de las manos del niño, que se pone a llorar amargamente.
— Pedrito, esto no es para pintar… — explica la mujer intentando calmar a su hijo — esto es un billete de veinte euros y sirve para comprar cosas.
— Vale, ¡pero yo quiero pintar! — exclama el crío que me ha cambiado el look — cómprame papel para pintar…

Para hacer calmar al niño, mi nueva dueña baja con él a la papelería de la esquina y le pide al kiosquero un par de libros para colorear. La madre me deja en manos del kiosquero y le entrega a Pedrito los cuentos, el crío se queda más contento que unas castañuelas y yo vuelvo a estar en una caja registradora. Eso sí, ahora me siento diferente, me he convertido en un billete hippie.

martes, 14 de abril de 2015

Las fiestas del Pilar... a vista de billete


A ustedes puede que le parezca que no, pero ser un billete de veinte euros no es nada fácil. Tu vida no depende de ti. Una tarde estaba tan ricamente en la plaza del Pilar disfrutando del cierzo en una terraza y, en cuestión de minutos, me recoge un grupito de heavies y, ¡ale hop! En vez de ver a la Pilarica, me dirijo a un concierto de rock duro en Valdespartera. La vida para un billete de veinte euros no es nada fácil, no señor. Bueno, la vida en general no es fácil.

La cosa es que el autobús urbano nos dejó en Interpeñas. Una multitud de chupas de cuero se agolpaba en la entrada. Allí y en la barra, el primer lugar donde se dirigió mi nuevo dueño con sus amigos. Los camareros iban de un lado a otro como posesos.
Litros y litros de cerveza servidos a la velocidad del rayo.

Mi dueño pide un litro de cerveza, me saca del bolsillo y me sujeta en su mano derecha mientras espera que la camarera le cobre. Entonces, los tipos que están al lado dan un empujón a mi dueño, que, a su vez, empuja a un tipo que lleva un litro en la mano, derramándome toda la cerveza por encima. Y ya no recuerdo nada.
Me he despertado en casa de la camarera, por lo que supongo que, al final, serví de pago de la consumición.




¡Vaya día que llevé ayer! Ser un billete de veinte euros es un sinvivir en fiestas, casi no me da tiempo a conocer a los dueños que voy teniendo, voy de mano en mano y todo trascurre muy deprisa. Mi nueva dueña, -una camarera que me había cobrado por su jornada en Interpeñas- no trabajaba al día siguiente. Así que me metió en su monedero junto con otros compañeros (un billete de cincuenta y otro de cinco) y salimos a la calle. La tarde se presentaba animada. Un montón de gente deambulaba por Zaragoza. Mi dueña se paraba a disfrutar cada cosa que veía: las estatuas vivientes que se mueven con monedas, los peruanos disfrazados de indios tocando sin parar “el cóndor pasa”, los orientales que ofrecen perritos de juguete, los malabaristas… finalmente, fui canjeado por una de esas pulseras que venden en los puestos de Independencia. Permanecí en ese puesto una hora y media, hasta que me convertí en los cambios de un billete de cincuenta qué un señor con luengas barbas dio al vendedor por un bolso de cuero. El señor de las barbas me dejó en el puesto de un caricaturista, después de pedirle un retrato. Mientras me pasaban de una mano a otra pude observar el retrato, no se parecía en nada. A las dos horas, me convertí en los cambios de una señora que también había pedido una caricatura y que tampoco se parecía en nada. Definitivamente, era un mal caricaturista. La señora que me portaba ahora me canjeó en una churrería por un chocolate con churros. De allí pasé al bolsillo de un apuesto joven que portaba un bebé vestido de baturro en un moisés, de esos que llevan ahora los matrimonios jóvenes colgados en el torso, que, a su vez, me cambió por el ticket del garaje. ¡hay que ver cómo están los garajes de caros!



Hoy, el dueño del garaje me ha cogido del cajón y parece que nos vamos al bingo. La diferencia entre un bingo en un día normal y en las fiestas del Pilar estriba en que las señoritas que cantan los números llevan cachirulo. Nada más. Mi dueño me cambió por dos cartones, así que permanecí en la caja de la sala, hasta que, junto con otros billetes, me convertí en el premio de un mozo alto que había cantado bingo. El chico se autohomenajea con una cena de escándalo. Paga con tarjeta, por lo que al día siguiente cuando fue a las vaquillas, yo iba en su billetera.
En la primera vaquilla, tuvo el accidente. Dos revolcones que hicieron que la cartera saliera por los aires. Todos los billetes salimos disparados. Cuando la gente nos vió, se lanzó a nuestra captura olvidando a la vaquilla. Pero la vaquilla no se había olvidado de ellos, así que dio comienzo una escalada de cogidas y revolcones, que hicieron trabajar el doble a los de la cruz roja. Fue uno de ellos el que me recogió de la arena.
Al día siguiente, después de la ofrenda de flores, me cambió en un bar de la plaza Santa Cruz por un plato de puntillas, dos cañas y un vino de Borja. Enseguida volví a cambiar de dueño otra vez, ahora pertenezco a un jubilado de setenta años que acaba de tomarse un aperitivo con su señora después de haber visto el espectacular manto de flores de la virgen. Al salir del bar, la pareja se dirige a un restaurante de la calle mayor dónde ha quedado con sus hijos y nietos para celebrar el santo de las Pilares. Después de comer, los dos abuelos se despiden de la familia y emprenden el camino hacia la plaza de toros, sus hijos les han regalado dos entradas para la corrida de las cinco, dónde torean tres importantes toreros aragoneses.

Tras finalizar la sesión taurina, la pareja de ancianos decide meterse en una chocolatería de Conde Aranda para calentar el cuerpo con un chocolate caliente. Al terminar de tomárselo, el hombre me saca de la cartera mientras se acerca a la barra, y me entrega a una señorita de mediana edad. Ella me introduce en la caja registradora y saca el cambio exacto para dárselo al hombre, que espera impaciente. No ha pasado ni cinco minutos cuando se vuelve a abrir la caja registradora. Ahora pertenezco a los cambios de una señora gorda que ha pagado un chocolate y cuatro churros con un billete de cincuenta. Va acompañada de un perrito pequeño con un cachirulo rodeándole el cuello. La mujer sale del establecimiento y se dirige a la plaza san Bruno, quiere ver un poco el espectáculo callejero antes de volver a casa.
Al llegar a la citada plaza, mi dueña se coloca -a empujones- en la primera fila de un circulo improvisado de personas. El espectáculo parece entretenido; un chico joven con la cara pintada de blanco, camiseta a rayas y un sombrerito al estilo de Charlot hace malabarismos con tres botellines de cerveza vacíos. El siguiente número del muchacho es un truco de magia. Para ello pide que un voluntario le preste un billete de veinte euros, mi dueña levanta la mano mientras grita.
— ¡Aquí, aquí! — exclama la mujer con voz grave, mientras me saca del bolsillo del chaquetón — ¡yo tengo el billete…!
El mago escoge a mi dueña y la saca en medio del escenario, a mí me introduce en un saquito de tela negra. El saco lo sujeta con la mano izquierda y con la derecha lanza unos polvos invisibles mientras pronuncia unas palabras sacadas directamente de su imaginación. Instantes después, el muchacho se agacha y simulando que se ata un zapato, se saca del bolsillo otro billete de veinte guardándoselo en la lengüeta del mocasín. Se vuelve a poner de pie.
— ¡Señoras y señores…! — exclama el mago para llamar la atención del público — ¡ahora viene lo más difícil… abrimos el saquete y vemos que el billete no está en su sitio! ¿dónde estará?

Pero yo sí que estaba dentro del saco, lo que pasa es que el mago me escondió en uno de los pliegues de tela. Después de tener a mi dueña con la duda de haber perdido veinte euros, el joven se quita el zapato, lo coge, le echa otra dosis de polvos invisibles y por arte de magia aparece un hermano gemelo mio dentro del calzado. La gente aplaude sorprendida y la señora del perrito recibe el billete, se vuelve a la primera fila tan contenta. El ilusionista se despide quitándose el sombrero y pasándolo por todos los asistentes para que le echen alguna propinilla.

Ahora mi dueño es el mago. Después de recoger todos los bártulos en una maleta grande con ruedas se guardo todas las propinas en el bolsillo, seguido me cogió del saco para meterme en el bolsillo y emprendió el camino a la pensión donde se alojaba estos días. El muchacho es natural de Albacete pero la crisis hizo que se quedará en el paro y aprovechando las fiestas, va de ciudad en ciudad haciendo su espectáculo callejero.
La Pensión esta situada en el coso, muy próxima a la plaza donde mi dueño actúa. La habitación es pequeña, tiene lo justo para pasar unos días. Una cama de esas antiguas con la cabecera de hierro, una mesilla de noche con una lamparita, una mesa de escritorio con una silla de madera. El baño no lo he llegado a ver porque mi dueño dejo la bolsa con la recaudación encima del escritorio, pero me imagino que tiene que ser pequeño.

A la mañana siguiente. El joven mago se levanta temprano, recoge todas sus pertenencias de la pensión y baja a la recepción para pagar a la patrona su estancia. La señora cobra a mi dueño unos cien euros por los cinco días que ha estado, el muchacho se saca del bolsillo cinco billetes de veinte, -uno de ellos soy yo- se despide de la mujer y le cuenta que se vuelve a su ciudad natal.




Me he pasado todo el día en un cajón del mostrador de la recepción, ¡vaya aburrimiento! las horas se me hacían eternas. Cuando son las nueve de la noche; el hijo de mi dueña viene a relevar a su madre en el turno de noche, ella me coge del cajón junto a un billete de cincuenta y despidiéndose de su hijo decide marcharse a la sala multiusos para disfrutar de una sesión de revista con el humor de Manolito Royo. La sesión empezaba a las once, pero a las diez había que hacer cola en las taquillas del auditorio para sacar la entrada. Cuando mi dueña llegó a la plaza Miguel Merino, tenía delante a medio centenar de jubilados, todos se habían vestidos con sus mejores galas para celebrar las fiestas a su manera.

Ya ha comenzado la revista, pero desde mi posición solo puedo oír las carcajadas del público. Mi dueña me cambió en la taquilla por una entrada. ¡Con la ilusión que tenía de poder ver de cerca un espectáculo de esas características, la señora me ha tenido que cambiar en la ventanilla…!

Fin de la noche, el gerente del auditorio hace recuento de la taquilla. Al representante de la revista le da un porcentaje, a las chavalas que llevan toda la tarde en la garita les paga un poco también y el resto se lo queda él. Yo voy incluido en la paga de una sonriente pelirroja que mete todo el dinero en un bolsito de cuero, después se despide de sus compañeras y va camino de su casa. Está demasiado cansada para irse con sus amigos.

Vuelta de nuevo a la capital del Ebro...


Llevo más de un mes en Francia. He tenido más de tres docenas de dueños y me he recorrido varias veces los alrededores de París, ahora mismo estoy en Eurodisney, un parque de atracciones inmenso. Mi amo se llama Gerard, trabaja en el parque temático. Él es el tipo que va dentro del traje de Pluto, el perro naranja que siempre acompaña a Micky Mouse. Dentro de ese mullido de gomaespuma hacia una calor insoportable que no se la deseaba ni a mi peor enemigo, mi dueño sudaba la gota gorda mientras hacia caricias a los niños que visitaban el parque.
Cuando Gerard termina la jornada, se quita la cabeza de Pluto y va camino de los vestuarios. hoy está contento porque coge vacaciones y se va a olvidar del uniforme en unas semanas. Aprovechando que estamos a primeros de octubre, mi dueño se marcha unos días a Zaragoza animado por unas amigas mañas que conoció a través del facebook. Ellas le han hablado de las fiestas del Pilar y Gerard, que le va la marcha, decide plantarse en la capital de Aragón y gozar de la fiesta.
El chaval se mete en Internet y consigue un vuelo directo a Zaragoza por treinta euros, se imprime el billete y se lo guarda en la cartera. Después decide conectarse al facebook para contarles a sus amigas zaragozanas su intención de ir a las fiestas del Pilar, las chicas se alegraron un montón y una de ellas ofreció su casa para que se alojará los días que estuviera en Zaragoza.
Gerard hizo la maleta con cuatro cosas y se dirigió al aeropuerto, ya que su avión salía en dos horas. Yo iba metido en el billetero de mi dueño, estaba más contento que unas castañuelas porque iba a regresar de nuevo a Zaragoza.

Es verdad eso que cuentan los emigrantes, solo echas de menos tu ciudad cuando estás lejos de ella.



En un par de horas se presenta en la ciudad maña, a la salida del aeropuerto una veintena de taxis esperan aparcados y Gerard eligió uno de ellos para montarse. Mira que es casualidad, pero el taxista que elige mi dueño es Paco, un antiguo amo. Yo lo he conocido por la voz. Paco pone el equipaje en el maletero y después se acomoda en el asiento del conductor.
— Buenas tardes, ¿a dónde le llevo? — pregunta el taxista, mirando a mi dueño.
El muchacho, como no se conocía muy bien la ciudad, -lógico- le enseña al conductor un papelito escrito a mano dónde indicaba la dirección de su amiga de facebook.
— Muy bien, calle Tomás Bretón, edificio Torresol... — comenta el taxista, mientras lee la nota del turista — en unos veinte minutos estamos allí, abróchese el cinturón…
Gerard iba observando el paisaje a través de la ventanilla del coche, veía una avenida ancha que iba a desembocar a una rotonda con un tubo rojo haciendo zig-zag y una pelotita de hierro amarilla, después el vehículo seguía recto y giraba a la izquierda para meterse en otra avenida ancha. Ha pasado por el hospital clínico, después de parar en tres semáforos, el taxista llega por fin al portal que estaba escrito en la nota.
— Señor, ya hemos llegado… — dice el taxista mientras para el taxímetro — son veintidós euros
Mi dueño se saca la cartera del bolsillo, la abre y me coge a mí y a un billete de cinco, después se lo da al taxista sin rechistar.
— Tenga y quédese con los cambios… — agradece Gerard por la atención prestada — por cierto, ¿cuál es el portal torresol?

El conductor sale del taxi para darle su maleta y le señala con el dedo un portal con la puerta marrón.
— ¿Ves aquella puerta marrón que tiene muchos timbres al lado? — le indica Paco, el taxista — tienes que ir allí, luego le preguntas al portero de la finca el piso de tu amiga y ya te lo dirá él…
— Muchas gracias señor, — responde Gerard mientras coge la maleta — que tenga un buen día, hasta la próxima.

El taxista se acomoda en el taxi y observa al turista para ver si no se lía con el portal, una vez que Gerard se mete en el edificio Torresol Paco arranca el coche y se va a dar una vuelta por las calles a la caza y captura de nuevos clientes. Mientras, yo estoy en la cajita de metal donde Paco guarda la recaudación diaria, aquí me he vuelto a reencontrar con la rubia rebelde y ella todavía se acordaba de mi, yo creo que si me la trabajo un poquito podré enrollarme con ella estas fiestas del Pilar.


A última hora de la tarde, Paco conducía su coche por el paseo independencia y una chica joven levanta la mano con intención de parar al taxi. Mi dueño para un poco más adelante de donde estaba ella, justo enfrente de Correos. La chavala se sube al vehículo y le dice al taxista que la lleve a su casa, situada en el barrio de Montecanal. Cómo la gran vía está cortada por las obras del tranvía, el taxista usa una ruta alternativa por el paseo Pamplona, gira en la glorieta de la puerta del Carmen y enfila la avenida Valencia hasta empalmar con la avenida Gómez Laguna. En veinte minutos Paco está en la puerta de la urbanización, situada en la avenida principal.
— Son diez euros, — dice Paco, parando el taxímetro —
La chica saca del monedero dos billetes de cinco y se los entrega al taxista. A continuación sale del coche, se acerca a la cajetilla de los timbres y marca un código secreto. Segundos después, la verja de hierro se abre lentamente y la muchacha se mete hacia dentro camino de su casa.
Aprovechando que esta cerca, mi dueño se dirige a la cooperativa de los taxis para llenar el deposito y, de paso echarse un refresco mientras charla con el resto de taxistas.



Son las once y media de la noche, Fin de la jornada. Paco llega a casa reventado, le da un beso a su mujer y se va directo a su sillón de orejas, poniendo los pies encima de la mesita de centro.
— Encarni, hoy no tengo ganas de cenar… — afirma mi dueño, agarrando el mando de la televisión — he estado merendando en la cooperativa a última hora y se me ha quitado el hambre.
— Ya, ya… no hace falta que lo jures, — recrimina su esposa cruzando los brazos — la camisa te apesta a tabaco.
Después de echarse una cabezada de media hora en el sillón, se levanta sobresaltado y se va a la cama para continuar durmiendo, que mañana le toca despertarse a las once. Yo sigo en la cajita de metal, la rubia se me ha insinuado y creo que esta noche va a ver tema.
Nos hemos ido a un rinconcito de la caja, allí la he besado y juntos hemos hecho el amor, después hemos dormido abrazados hasta que alguien ha abierto la cajita. Ese alguien era Encarni, que me ha cogido junto a un billete de diez para irse temprano al mercado mientras su marido duerme.

El mercado esta situado en una céntrica calle, normalmente es el centro neurálgico de todas las marujas del barrio dónde cotillean del vecino mientras esperan su turno en la carnecería, verdulería o pescadería. Hoy, mi dueña hace la primera parada en la verdulería, allí habla con la Charo de que la vecina del veinticinco se ha gastado el sueldo del marido en el bingo y ahora no llegan a fin de mes. Entre charrada y charrada le llega el turno de compra a Encarni.
— Javier, — saluda coloquialmente al frutero — ponme dos kilos de tomates, uno de berenjenas, medio de pimientos y un kilito de kiwis, qué no estén muy maduros…
El frutero le pesa todo lo que ha pedido y le saca la cuenta.
— Son seis euros, cariño… — dice amistosamente el verdulero con acento de gay —
Mi dueña le paga con el billete de diez, Javier le devuelve cuatro euros y después ella introduce las bolsas en el carrito de la compra. La siguiente parada la hace en la carnecería, una señora cincuentona le atiende muy amablemente llamándola por su nombre y Encarni le pide que le prepare el pedido de todas las semanas. La carnicera se lo prepara con tranquilidad y cuando ya lo tiene todo le dice lo que asciende la cuenta.
— Encarni, quince euros me tienes que dar… — afirma la carnicera, extendiendo un papel en la mano de mi dueña — y eso que te regalo un manojo de perejil.
— ¡Jodo! — exclama Encarni, mientras me deja encima del mostrador — cada vez la carne se está poniendo más cara, al final no se lo que vamos a comer…
La carnicera me recoge para meterme en la caja registradora y entregar a la mujer de Paco un billete de cinco euros. A partir de ahora pertenezco a esta señora cincuentona experta en manejar cuchillos, esta mujer se llama Trini y vive con el marido, una hija separada de treinta y tres años y una nieta de quince.

Cuando Trini regresa a casa después de cerrar su puesto del mercado su hija ya tiene hecha la comida y todos la están esperando impacientes. Se ponen a comer y Natalia -la nieta de mi dueña- le pide propina a su abuela para gastársela en estas fiestas, a Trini se le atragantan los macarrones al oír semejante comentario. La madre de la chavala recrimina a su hija por ser tan pedigüeña.
— ¡Hija, por dios! — exclama Ana, dándole una pequeña colleja a su hija — tú abuela no te va a dar ningún dinero para que lo despilfarres en irte de juerga… estamos en tiempos de crisis y el poco dinero que tenemos hay que guardarlo por si vienen tiempos peores.
— Jo… es que todas mis amigas van a ir a Valdespartera a ver a DJ Tiesto, — dice Natalia, poniendo cara triste — voy a ser la única de clase que no va al concierto ese…
Al final a Trini se le ablanda el corazón al ver a su nieta triste y va a buscar el bolso para sacarme a mí, a otro igual que yo y a un billete de diez.
— Toma Natalia, — llama a su nieta desde el salón — te doy cincuenta euros, distribúyetelos para todas las fiestas porque ya no te daré más dinero… esta tarde iré a un cajero automático para sacarte la entrada para el concierto.
— Muchas gracias, yaya… — afirma Natalia mientras le da un beso a su abuela — te lo agradezco con mil amores.




Hoy sábado comienzan las fiestas del Pilar, Natalia -mi joven dueña y nieta de la carnicera- se ha vestido con un peto blanco que conforme vayan avanzando las fiestas irá volviéndose a un color gris, tirando a negro. Sus amigos del instituto van vestidos igual, en total son unos veinte y ahora están por el paseo independencia arrastrando un carrito del Mercadona tuneado, van cantando a gritos mientras beben botijos de calimocho. Se dirigen al pregón de la plaza del Pilar y para abrirse paso entre el gentío usan una escandalosa sirena de policía que está conectada al carrito. Yo estoy dentro de un pequeño monedero de tela junto a un billete de diez y unas pocas monedillas sueltas, mi dueña lleva el monedero atado al sujetador para evitar que los rateros se lo quiten.
Tras el chupinazo la pandilla del carrito se dirige al parking norte, para ello usan el carril bici del paseo Echegaray y Caballero. Natalia y tres más van montados dentro del improvisado vehículo y el resto va empujando desde afuera, van cantando todos a grito pelado la canción del tractor amarillo. Cuando están cruzando el río por el puente de la Almozara, una rueda del carro se queda enganchada en la rejilla de una alcantarilla y vuelca.

Después del accidente todo el grupo tiene que continuar a pie, Natalia se ha retorcido un poco el tobillo y anda cojeando aguantándose los dolores para no fastidiar la marcha a sus amigos. Cuando llegan a la carpa del parking norte ya son pasadas las doce y ya esta empezada la verbena, se cuelan al recinto para ahorrarse la entrada y mi dueña va directamente al puesto de la cruz roja porque no aguanta más los dolores, además se le esta empezando a hinchar el tobillo. Una enfermera rubia con un chaleco rojo con trozos reflectantes le hace una primera observación, le pone un vendaje de compresión y la manda a su casa para que guarde reposo, en unos días deberá visitar a su médico de cabecera. Un amigo de la pandilla se ofrece a acompañarle hasta casa, la chica se niega, dice que puede volver sola y que se quede a disfrutar de la noche.

Mi dueña emprende el camino de vuelta despacio. Con el vendaje, el tobillo le duele un poco menos pero a cada rato se tiene que parar y al final decide llamar a un taxi en la avenida de Ranillas para que le termine de llevar a casa. El taxista le observa el pie a través del retrovisor interior y pone cara de circunstancias.
— ¿Qué te ha pasado hija mía? — pregunta el taxista con tono amistoso — vaya inicio de fiestas que has tenido…
— Pues ya ve, — responde Natalia — que estábamos haciendo el tonto con el carrito de un supermercado, se enganchó la rueda en una rejilla, me caí al suelo y varios amigos cayeron encima de mi…
Con esta conversación mi dueña llega a su destino y el conductor del taxi para el taxímetro, la cuenta asciende a diez euros y Natalia saca el monedero, lo abre y coge el billete colorado que hay junto a mí, se lo entrega al taxista y sale como puede del vehículo. La mala suerte sigue acompañando a mi dueña y al coger las llaves del mismo monedero de tela, yo me deslizo con ellas y caigo a la acera sin que Natalia se percatará. Ella sube a su vivienda y yo me quedo en el suelo de la calle hasta que un peñista borracho que pasaba por allí, me recoge y me introduce en el bolsillo interior del blusón de la peña.



Son las siete de la mañana, mi nuevo dueño todavía no se ha acostado, él pertenece a la peña Vaquillera y haciendo honor al nombre de la peña se ha ido a las plaza de toros para disfrutar de los revolcones que dan las vaquillas. Se sienta en la grada con toda su cuadrilla, uno de ellos ha traído un camping-gas y están friendo huevos fritos con chorizo para almorzar. Sale la primera vaca, da varias vueltas a la plaza a toda velocidad al son de la canción de Labordeta, que suena por megafonía. Da el primer susto de la mañana a un mozo borracho que estaba recostado en el burladero, seguido el animal se dirige hacia el tablao de madera del centro de la plaza y brinca para ponerse encima de la tarima haciendo que todos los que estaban arriba bajen precipitadamente.
Con las prisas hay empujones, entre el tumulto de gente la vaquilla pilla a una chica de veinte años y la revuelca por la arena, dejándola semidesnuda. La chavala se levanta del suelo desorientada y medio cojeando se acerca al burladero para que los médicos le echen un vistazo a las contusiones.

Jorge se esta quedando modorro en la grada de la misericordia y decide abandonar la plaza para marcharse a dormir, son las nueve de la mañana y ya no aguanta más. Camino de casa se encuentra a su jefe qué iba con la familia al centro, al verlo con semejantes pintas le echa una mirada desafiante y le dice que mañana tiene que estar más fresco que una rosa. Mi dueño agacha la cabeza avergonzado y sigue su camino con las manos en los bolsillos.

De repente un rugido en el estomago le hace detenerse, tiene hambre. Se para en una churrería del coso y se compra una docena de churros, me saca del bolsillo y me entrega al churrero. El hombre le da tres billetes de cinco como cambio y jorge se marcha comiéndose los churros con ansia. Casi no me da tiempo a conocer al churrero porque formo parte de los cambios de un señor que va fumando una faria y que ha comprado una porra de crema a su nieta.
Pronto cambio de dueño, el señor del puro me utiliza para comprarle a su nieta un globo de helio con la forma de Bob esponja y ahora pertenezco a un vendedor ambulante de origen rumano que me introduce en su riñonera donde hay un montón de billetes apretujados. El hombre deambula por la calle Alfonso hasta que un matrimonio joven lo detiene para comprarle a su niño un globo con forma de corazón, el padre le da un billete de cincuenta y el vendedor me saca de la riñonera junto con dos billetes de diez, uno de cinco y dos monedas de euro; se los da al padre de la criatura como cambio y desata la cuerda del globo, el niño esta más contento que unas castañuelas y va corriendo por la plaza del Pilar con el globito atado a la muñeca.
A la media hora, el crío se cansa de correr y se acerca a donde estaban sentados sus padres, el padre, -sin darse cuenta- pincha el globo con el cigarrillo y el zagal llora amargamente al enterarse de que se había quedado sin su globito. Su madre se lo pone en sus brazos para consolarlo, el chiquillo se calma porque su madre le promete un paquete de patatas fritas. Cuando el camarero viene hacia la mesa, el progenitor le pide unos ganchitos y la cuenta. El camarero tarda cinco minutos en traerle lo que ha pedido; cuando tiene la factura en la mano, el hombre me saca del bolsillo y me entrega al empleado del bar. Seguido, el mozo vuelve con el cambio y la familia se levanta de la mesa para marcharse.


Aquí sigo, en esta hermosa plaza con vistas a la Basílica del Pilar, pero para poco me sirve la tranquilidad porque el camarero me lleva hacia una mesa donde una cuadrilla de heavies veinteañeros acaban de tomarse unas jarras de cerveza, yo pertenezco a los cambios. Uno de ellos me introduce en sus ceñidos pantalones. Me parece que pretenden ir al Interpeñas Metal, que se celebra esta noche en la carpa de Valdespartera.

lunes, 13 de abril de 2015

De Zaragoza a París... mi primer viaje al extranjero.


Me acabo de despertar. En realidad no sé muy bien donde me encuentro, estoy sucio y huelo a mierda corrompida. Lo último que recuerdo es que caí al retrete de los ecuatorianos que estaban chingando, luego alguien tiró de la cadena y me he despertado aquí. Rodeado de porquería, ratas -una de ellas me ha comido una esquina- y una tubería muy gorda que no para de salir agua maloliente que va directamente al río. Un mendigo de esos que van con un carrito de supermercado lleno de mantas me recogió del suelo, me observó al trasluz a ver si era autentico y luego me metió en el bolsillo de su maloliente chaqueta. Caí en la cuenta que estábamos en la orilla del Huerva. Allí vivía mi amo, rodeado de cartones y roedores. Ahora estaba atando a un perro lleno de pulgas al carrito que trasporta, después saldrá a la gran vía para sentarse en su esquina y esperar a que alguien le eche limosna, aunque ahora con la crisis la gente se guarda el poco dinero que tiene.
Como ahora se había encontrado conmigo, José se mete en un bar cercano a su “vivienda” para desayunar caliente, que llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Al dueño del establecimiento le pide un café con leche en taza grande, cuatro churros y dos curasanes, después me saca del bolsillo y me pone encima de la barra. Antonio, -el dueño de la cafetería- me ve y me coge con dos dedos poniendo cara de asco, me deja en la caja registradora y sirve el café a mi antiguo dueño.
Por fin puedo descansar en un sitio caliente después de mi viaje por los desagües. El camarero me ha puesto junto a más billetes de veinte, pero en cuánto mis compañeros me han olido se han apartado y me han dejado más solo que la una. Les doy la razón, ellos están tan nuevos y yo parezco un pordiosero... Poco me dura la tranquilidad porque Antonio abre de nuevo la caja y me coge junto con dos billetes de diez y uno de cinco, formo parte de los cambios de un jubilado que se acaba de tomar un vino y dos salmueras. Se llama Benito y me parece que se va al huerto.


Pues sí, mi dueño me va a llevar al huerto. Benito coge una Vanette destartalada que estaba aparcada delante del bar y se dirige hacía una finca que tiene en la Venta del Olivar, en la carretera de Logroño. Una vez allí, Benito coge la azada de una pequeña caseta de madera en medio del campo y se pone a cavar los surcos para sembrar los tomates. Yo iba metido en la cartera y la cartera iba metida en el bolsillo de la camisa.
Cada vez que el hombre se agachaba hacía la tierra yo sentía un nudo en el estomago, me estaba poniendo malo y Benito no paraba de subir y bajar, parecía una montaña rusa.

Sobre las dos de la tarde, el sol comenzaba a caer con fuerza sobre el campo y el hombre decidió concluir la faena, estaba envuelto en sudor. Volvió a dejar las herramientas en la caseta y se volvió hacia la furgoneta, tenía la garganta seca y el bar más cercano es un club de carretera que esta a orillas de la N-232. En la fachada del puticlub ponía Papiro en un letrero de neón con dos palmeritas dibujadas, el hombre dejo la furgoneta en el aparcamiento del club y se dispuso a entrar para tomarse una jarra helada de cerveza. El interior del garito estaba iluminado solo por focos de colores y las chicas estaban semidesnudas haciendo sensuales bailes. Benito fue derecho a la barra, se sentó en un taburete y pidió una jarra de cerveza, mientras se la bebe observa a las señoritas con mirada viciosa. A la media hora de haberse bebido la jarra, Benito se saca el billete de diez que estaba a mi lado y paga la consumición, el camarero le devuelve uno de cinco. Después sale del local camino de su furgoneta para volver a casa con su mujer.

Los efectos de la cerveza comenzaban a aparecer y mi dueño se quedo dormido en el semáforo de Pikolin, con las manos en el volante. Detrás de él, una fila de más de media docena de coches no paraban de tocar el claxon para que Benito despertará. Al final, alguno de esos conductores avisó a la Guardia Civil y se presentó enseguida para ver que estaba ocurriendo. Un agente bajó del vehículo y se acercó a la furgoneta de Benito, tocó en la ventanilla y mi dueño se despertó sobresaltado.
— Buenas tardes, agente — saluda Benito, con un tono simpático — ¿Qué se le ofrece por aquí?
— ¿Qué hacia durmiéndose en este semáforo, entorpeciendo la marcha de los conductores? — pregunta el guardia civil, poniéndose muy serio — ¿no estará usted borracho?
El agente se saca del bolsillo un alcoholímetro y se lo pone en la cara a mi dueño para que sople. El hombre sopla con todas sus fuerzas y la máquina da positivo.
— No puede ser… — niega Benito, quitando la boquilla del aparato — si yo solo me he tomado una jarra de cerveza en el papiro…
— Por favor circule hacia la cuneta y bájese del vehículo, — dice el guardia con tono chulesco — va a ser sancionado por conducir bajo los efectos del alcohol.
Mi dueño hace todo lo que le ha mandado el agente. El agente está redactando la multa, ciento veinte euros y cuatro puntos. La sanción se queda en sesenta euros si se paga en el acto. Eso es lo que precisamente hace Benito, se saca la cartera y me coge a mí y dos igual que yo, se los entrega al agente y el guardia le deja marcharse de vuelta a su casa.
Ahora pertenezco a la benemérita, en concreto al oficial Fernández, que ha roto la multa y se ha guardado los sesenta euros en su bolsillo, es como si no hubiera existido ninguna sanción. Se vuelve a meter en el coche patrulla y continua su rumbo, aun le quedan tres horas para acabar el turno y comenzar las vacaciones de verano. Cuando por fin se acaba el turno de trabajo y vienen a relevarle, Fermín, -mi nuevo dueño- se quita el uniforme y se pone un pantalón vaquero con una camisa de cuadros, luego coge su moto y se va a Salou, donde le espera su mujer y su hijo de quince años.


Con la velocidad de la moto se me encogía el estomago, mi dueño acaba de llegar a Salou y le ha costado una hora escasa, eso si, iba por lo menos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Así llevo el cuerpo de revuelto, menos mal que es autopista y es recto el camino, sí fuera carretera de curvas ya habría echado hasta la primera papilla. Salou es la playa de los aragoneses, ya que es la más cercana y enseguida te plantas en la costa desde Zaragoza. Mi dueño veranea todos los veranos en el apartamento de sus suegros, situado en la plaza Venus a cien metros de la playa.
Nada más llegar a casa, el hijo de Fermín ve a su padre y va a darle un abrazo, después le pide la propina porque ha quedado con los amigos para hacer botellón en la playa. Mi dueño saca la cartera del bolsillo y me coge a mi y a otro compañero de diez, se los da y le advierte que no beba mucho, que la bebida es muy traicionera.

Mi nuevo amo se llama Jonathan pero en Salou le conocen como el gorras, apodo que le viene por llevar todo el rato una gorra naranja en la cabeza. La cuadrilla de amigos de mi dueño rondan todos los quince años y habían comprado bebidas alcohólicas en el supermercado con un carné de identidad falsificado, ahora se iban a bebérselas a la playa. Cuando ya llevaban un rato tomando cubatas y calimochos, Jonathan llevaba una castaña como un piano y se había acercado a una chica con intención de enrollarse con ella. Los dos se han escondido detrás de la caseta del socorrista, se han tumbado en el suelo y se han empezado a besar.
Mientras la pareja se revuelca en la arena, mi dueño pierde la cartera conmigo dentro y ha quedado semienterrada en la playa.

A la mañana siguiente aún sigo enterrado en la playa, un turista francés recoge la cartera de la arena y tras coger el dinero, deja el billetero en el puesto de socorrista por si vienen a reclamarlo. Mi dueño esta en Salou de vacaciones pero está afincado en París. El padre es un emigrante aragonés que se fue a Francia a recolectar remolacha, se casó con una francesa y tuvieron a Fran, mi amo. Después de recogerme en la playa, Fran cogió el autocar para ir a Barcelona y allí cogería un avión para volver a la capital francesa.


(Soy el primero de mi familia que va a salir al extranjero sin ser cambiado por la moneda autóctona, porque a mi abuelo lo llevaron a Suiza durante la guerra civil y se quedo en el banco universal sin poder ver nada del país)

Después de aterrizar nuestro avión en el aeropuerto Charles de gaule Fran llamó por teléfono a su padre para que le viniera a buscar. Mi dueño vive con sus padres en un barrio periférico de la ciudad de París, desde la terraza de su casa se ve la torre iffel y los campos Eliseos ya que su barrio está situado en la parte alta de la ciudad.
Fran se mete en casa y después de saludar a su madre que estaba en la cocina, se encierra en su cuarto para revisar su correo electrónico. Tiene una lista de más de cien mensajes sin leer, ya que durante su estancia en Salou no hay tenido tiempo de conectarse a Internet. Hay un e-mail que le llama la atención, viene de su amiga Geraldine y le cuenta que tiene muchas ganas de verle y que le llame al móvil en cuánto llegue a Paris. Eso es lo que hace mi dueño al acabar de leer el mensaje, busca el número de teléfono en la agenda y llama a la chica con un brillo especial en los ojos. Al terminar de hablar, mi amo sale de su habitación más contento que unas castañuelas, le dice a sus padres que ha quedado con su chica y sale de casa.
Son las seis de la tarde y en las calles de la capital francesa ya no queda casi nadie, solo algunos jóvenes que se reúnen en las cafeterías para echarse el último café de la tarde antes de irse a cenar. La novia de Fran es una chavala bastante atractiva, formal y acaba de iniciar su carrera como modelo haciendo una sesión de fotografías para una revista de moda adolescente.

La pareja está en una cafetería del centro, Geraldine se está tomando un café con leche y Fran un café solo, los dos hablan de sus cosas mientras se entrelazan las manitas por debajo de la mesa.
— Fran, amor mío, — dice Geraldine, con tono amoroso — tengo que contarte un asunto súper importante…
— Dime guapa… — contesta mi dueño mientras le lanza un beso — contigo se me pasa el tiempo volando.
— Mira, el editor de la revista me ha ofrecido un contrato de trabajo en una agencia de publicidad española… — habla la chica, cogiendo la mano de Fran — me ha dicho que si me voy a Madrid, me paga el alojamiento.
— Pero, ¿qué pasa con lo nuestro? — pregunta Fran imaginándose lo peor — la distancia hace el olvido…
— Por el bien de mi carrera de modelo es mejor que lo dejemos, — contesta fríamente la muchacha — pero siempre podemos seguir siendo amigos…

Mi dueño se levanta de la mesa con cara de idiota, se saca del bolsillo la cartera y paga los cafés con un billete de cinco, después sale por la puerta despacio. Es de noche y va caminando sin rumbo por las calles de Paris, al final llega hasta el puente del Sena y mira la corriente hipnotizado, unas lagrimas recorren sus mejillas mientras recuerda los buenos momentos que ha vivido con Geraldine. A Fran Se le ha pasado por la cabeza la idea de tirarse al río, no quiere seguir en este mundo sin que su chica le ame. Sin dejar de mirar al río, mi dueño se sube a la barandilla y cerrando los ojos un instante se deja caer al agua, su vida entera pasa en décimas de segundo justo antes de sumergirse en el Sena. Yo comienzo a empaparme, menos mal que estoy dentro de la cartera sino se me borraría toda la tinta y sería inutilizable.

El cuerpo inerte de Fran ha llegado hasta la orilla del Río, en la playa urbana que habilitan para el verano a pocos metros del puente donde se tiró. Ha quedado semienterrado en la arena, el primero que ha visto el cadáver ha sido un hombre que trabaja para el ayuntamiento y enseguida ha llamado a los servicios de emergencias para que vinieran a socorrerlo. Mientras el médico certifica la muerte de mi dueño, el enfermero coge la cartera del bolsillo para ver la documentación y luego la mete en una bolsa de plástico para entregársela a los familiares del difunto. Ahora estoy metido en una especie de bolsa recia junto con la ropa hecha jirones de Fran, aquí dentro hace mucho calor.

La policía francesa ha avisado a los padres de Fran, que se han puesto a llorar desconsoladamente en cuánto les han contado los detalles del fallecimiento y les han hecho entrega de las pertenencias del difunto. Su padre coge el billetero de su hijo y lo revisa para ver lo que había dentro: una fotografía de Geraldine, un condón sin usar, un vale-descuento en copas para una discoteca de Salou y cuarenta euros repartidos en un billete de veinte, -que soy yo- uno de diez y dos de cinco. El dinero se lo mete al bolsillo, el resto de cosas las devuelve a la bolsa recia.



Después de tres días, estoy en el entierro de mi antiguo dueño, ahora pertenezco a su padre y el hombre se encuentra en un banco de la primera fila llorando a moco tendido. Cuando el cura acaba la misa, los trabajadores del cementerio trasladan el ataúd hasta la fosa dónde va a ser enterrado, Santiago -mi dueño- no quiere ver dónde meten a su hijo y se va hacía la cafetería del tanatorio llorando. Una vez allí, pide al camarero que le ponga una bebida fuerte y se la bebe de un trago casi sin pestañear. Seguido, me saca del bolsillo poniéndome encima de la barra y le dice al camarero que se cobre.

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