Llevo
más de un mes en Francia. He tenido más de tres docenas de dueños y
me he recorrido varias veces los alrededores de París, ahora mismo
estoy en Eurodisney, un parque de atracciones inmenso. Mi amo
se llama Gerard, trabaja en el parque temático. Él es el tipo que
va dentro del traje de Pluto, el perro naranja que siempre
acompaña a Micky Mouse. Dentro de ese mullido de gomaespuma
hacia una calor insoportable que no se la deseaba ni a mi peor
enemigo, mi dueño sudaba la gota gorda mientras hacia caricias a los
niños que visitaban el parque.
Cuando Gerard termina la jornada, se
quita la cabeza de Pluto y va camino de los vestuarios. hoy está
contento porque coge vacaciones y se va a olvidar del uniforme en
unas semanas. Aprovechando que estamos a primeros de octubre, mi
dueño se marcha unos días a Zaragoza animado por unas amigas mañas
que conoció a través del facebook. Ellas le han hablado de
las fiestas del Pilar y Gerard, que le va la marcha, decide plantarse
en la capital de Aragón y gozar de la fiesta.
El
chaval se mete en Internet y consigue un vuelo directo a Zaragoza por
treinta euros, se imprime el billete y se lo guarda en la cartera.
Después decide conectarse al facebook para contarles a sus
amigas zaragozanas su intención de ir a las fiestas del Pilar, las
chicas se alegraron un montón y una de ellas ofreció su casa para
que se alojará los días que estuviera en Zaragoza.
Gerard
hizo la maleta con cuatro cosas y se dirigió al aeropuerto, ya que
su avión salía en dos horas. Yo iba metido en el billetero de mi
dueño, estaba más contento que unas castañuelas porque iba a
regresar de nuevo a Zaragoza.
Es verdad eso que cuentan los
emigrantes, solo echas de menos tu ciudad cuando estás lejos de
ella.
En
un par de horas se presenta en la ciudad maña, a la salida del
aeropuerto una veintena de taxis esperan aparcados y Gerard eligió
uno de ellos para montarse. Mira que es casualidad, pero el taxista
que elige mi dueño es Paco, un antiguo amo. Yo lo he conocido por la
voz. Paco pone el equipaje en el maletero y después se acomoda en el
asiento del conductor.
—
Buenas tardes, ¿a dónde le llevo? — pregunta el taxista, mirando
a mi dueño.
El
muchacho, como no se conocía muy bien la ciudad, -lógico- le enseña
al conductor un papelito escrito a mano dónde indicaba la
dirección de su amiga de facebook.
—
Muy bien, calle Tomás Bretón, edificio Torresol... —
comenta el taxista, mientras lee la nota del turista — en unos
veinte minutos estamos allí, abróchese el cinturón…
Gerard
iba observando el paisaje a través de la ventanilla del coche, veía
una avenida ancha que iba a desembocar a una rotonda con un tubo rojo
haciendo zig-zag y una pelotita de hierro amarilla, después el
vehículo seguía recto y giraba a la izquierda para meterse en otra
avenida ancha. Ha pasado por el hospital clínico, después de parar
en tres semáforos, el taxista llega por fin al portal que estaba
escrito en la nota.
—
Señor, ya hemos llegado… — dice el taxista mientras para el
taxímetro — son veintidós euros
Mi
dueño se saca la cartera del bolsillo, la abre y me coge a mí y a
un billete de cinco, después se lo da al taxista sin rechistar.
—
Tenga y quédese con los cambios… — agradece Gerard por la
atención prestada — por cierto, ¿cuál es el portal torresol?
El
conductor sale del taxi para darle su maleta y le señala con el dedo
un portal con la puerta marrón.
—
¿Ves aquella puerta marrón que tiene muchos timbres al lado? — le
indica Paco, el taxista — tienes que ir allí, luego le preguntas
al portero de la finca el piso de tu amiga y ya te lo dirá él…
—
Muchas gracias señor, — responde Gerard mientras coge la maleta —
que tenga un buen día, hasta la próxima.
El
taxista se acomoda en el taxi y observa al turista para ver si no se
lía con el portal, una vez que Gerard se mete en el edificio
Torresol Paco arranca el coche y se va a dar una vuelta por las
calles a la caza y captura de nuevos clientes. Mientras, yo estoy en
la cajita de metal donde Paco guarda la recaudación diaria, aquí me
he vuelto a reencontrar con la rubia rebelde y ella todavía
se acordaba de mi, yo creo que si me la trabajo un poquito podré
enrollarme con ella estas fiestas del Pilar.
A
última hora de la tarde, Paco conducía su coche por el paseo
independencia y una chica joven levanta la mano con intención de
parar al taxi. Mi dueño para un poco más adelante de donde estaba
ella, justo enfrente de Correos. La chavala se sube al
vehículo y le dice al taxista que la lleve a su casa, situada en el
barrio de Montecanal. Cómo la gran vía está cortada por las obras
del tranvía, el taxista usa una ruta alternativa por el paseo
Pamplona, gira en la glorieta de la puerta del Carmen y enfila la
avenida Valencia hasta empalmar con la avenida Gómez Laguna. En
veinte minutos Paco está en la puerta de la urbanización, situada
en la avenida principal.
—
Son diez euros, — dice Paco, parando el taxímetro —
La
chica saca del monedero dos billetes de cinco y se los entrega al
taxista. A continuación sale del coche, se acerca a la cajetilla de
los timbres y marca un código secreto. Segundos después, la verja
de hierro se abre lentamente y la muchacha se mete hacia dentro
camino de su casa.
Aprovechando
que esta cerca, mi dueño se dirige a la cooperativa de los taxis
para llenar el deposito y, de paso echarse un refresco mientras
charla con el resto de taxistas.
Son
las once y media de la noche, Fin de la jornada. Paco llega a casa
reventado, le da un beso a su mujer y se va directo a su sillón de
orejas, poniendo los pies encima de la mesita de centro.
—
Encarni, hoy no tengo ganas de cenar… — afirma mi dueño,
agarrando el mando de la televisión — he estado merendando en la
cooperativa a última hora y se me ha quitado el hambre.
—
Ya, ya… no hace falta que lo jures, — recrimina su esposa
cruzando los brazos — la camisa te apesta a tabaco.
Después
de echarse una cabezada de media hora en el sillón, se levanta
sobresaltado y se va a la cama para continuar durmiendo, que mañana
le toca despertarse a las once. Yo sigo en la cajita de metal, la
rubia se me ha insinuado y creo que esta noche va a ver tema.
Nos hemos ido a un rinconcito de la caja, allí la he besado y juntos
hemos hecho el amor, después hemos dormido abrazados hasta que
alguien ha abierto la cajita. Ese alguien era Encarni, que me ha
cogido junto a un billete de diez para irse temprano al mercado
mientras su marido duerme.
El
mercado esta situado en una céntrica calle, normalmente es el centro
neurálgico de todas las marujas del barrio dónde cotillean del
vecino mientras esperan su turno en la carnecería, verdulería o
pescadería. Hoy, mi dueña hace la primera parada en la verdulería,
allí habla con la Charo de que la vecina del veinticinco se ha
gastado el sueldo del marido en el bingo y ahora no llegan a fin de
mes. Entre charrada y charrada le llega el turno de compra a Encarni.
—
Javier, — saluda coloquialmente al frutero — ponme dos kilos de
tomates, uno de berenjenas, medio de pimientos y un kilito de kiwis,
qué no estén muy maduros…
El
frutero le pesa todo lo que ha pedido y le saca la cuenta.
—
Son seis euros, cariño… — dice amistosamente el verdulero con
acento de gay —
Mi
dueña le paga con el billete de diez, Javier le devuelve cuatro
euros y después ella introduce las bolsas en el carrito de la
compra. La siguiente parada la hace en la carnecería, una señora
cincuentona le atiende muy amablemente llamándola por su nombre y
Encarni le pide que le prepare el pedido de todas las semanas. La
carnicera se lo prepara con tranquilidad y cuando ya lo tiene todo le
dice lo que asciende la cuenta.
—
Encarni, quince euros me tienes que dar… — afirma la carnicera,
extendiendo un papel en la mano de mi dueña — y eso que te regalo
un manojo de perejil.
—
¡Jodo! — exclama Encarni, mientras me deja encima del mostrador —
cada vez la carne se está poniendo más cara, al final no se lo que
vamos a comer…
La
carnicera me recoge para meterme en la caja registradora y entregar a
la mujer de Paco un billete de cinco euros. A partir de ahora
pertenezco a esta señora cincuentona experta en manejar cuchillos,
esta mujer se llama Trini y vive con el marido, una hija separada de treinta y tres años y una nieta de quince.
Cuando
Trini regresa a casa después de cerrar su puesto del mercado su hija
ya tiene hecha la comida y todos la están esperando impacientes. Se
ponen a comer y Natalia -la nieta de mi dueña- le pide propina a su
abuela para gastársela en estas fiestas, a Trini se le atragantan
los macarrones al oír semejante comentario. La madre de la chavala
recrimina a su hija por ser tan pedigüeña.
—
¡Hija, por dios! — exclama Ana, dándole una pequeña colleja a su
hija — tú abuela no te va a dar ningún dinero para que lo
despilfarres en irte de juerga… estamos en tiempos de crisis y el
poco dinero que tenemos hay que guardarlo por si vienen tiempos
peores.
—
Jo… es que todas mis amigas van a ir a Valdespartera a ver a DJ
Tiesto, — dice Natalia, poniendo cara triste — voy a ser la
única de clase que no va al concierto ese…
Al
final a Trini se le ablanda el corazón al ver a su nieta triste y va
a buscar el bolso para sacarme a mí, a otro igual que yo y a un
billete de diez.
—
Toma Natalia, — llama a su nieta desde el salón — te doy
cincuenta euros, distribúyetelos para todas las fiestas porque ya no
te daré más dinero… esta tarde iré a un cajero automático para
sacarte la entrada para el concierto.
—
Muchas gracias, yaya… — afirma Natalia mientras le da un beso a
su abuela — te lo agradezco con mil amores.
Hoy
sábado comienzan las fiestas del Pilar, Natalia -mi joven dueña y
nieta de la carnicera- se ha vestido con un peto blanco que conforme
vayan avanzando las fiestas irá volviéndose a un color gris,
tirando a negro. Sus amigos del instituto van vestidos igual, en
total son unos veinte y ahora están por el paseo independencia
arrastrando un carrito del Mercadona tuneado, van cantando a
gritos mientras beben botijos de calimocho. Se dirigen al pregón de
la plaza del Pilar y para abrirse paso entre el gentío usan una
escandalosa sirena de policía que está conectada al carrito. Yo
estoy dentro de un pequeño monedero de tela junto a un billete de
diez y unas pocas monedillas sueltas, mi dueña lleva el monedero
atado al sujetador para evitar que los
rateros se lo quiten.
Tras
el chupinazo la pandilla del carrito se dirige al parking norte, para
ello usan el carril bici del paseo Echegaray y Caballero.
Natalia y tres más van montados dentro del improvisado vehículo y
el resto va empujando desde afuera, van cantando todos a grito pelado
la canción del tractor amarillo. Cuando están cruzando el río por
el puente de la Almozara, una rueda del carro se queda enganchada en
la rejilla de una alcantarilla y vuelca.
Después
del accidente todo el grupo tiene que continuar a pie, Natalia se ha
retorcido un poco el tobillo y anda cojeando aguantándose los
dolores para no fastidiar la marcha a sus amigos. Cuando llegan a la carpa del parking norte ya son pasadas las doce y ya esta empezada
la verbena, se cuelan al recinto para ahorrarse la entrada y mi dueña
va directamente al puesto de la cruz roja porque no aguanta
más los dolores, además se le esta empezando a hinchar el tobillo.
Una enfermera rubia con un chaleco rojo con trozos reflectantes le
hace una primera observación, le pone un vendaje de compresión y la
manda a su casa para que guarde reposo, en unos días deberá visitar
a su médico de cabecera. Un amigo de la pandilla se ofrece a
acompañarle hasta casa, la chica se niega, dice que puede volver
sola y que se quede a disfrutar de la noche.
Mi
dueña emprende el camino de vuelta despacio. Con el vendaje, el
tobillo le duele un poco menos pero a cada rato se tiene que parar y
al final decide llamar a un taxi en la avenida de Ranillas para que
le termine de llevar a casa. El taxista le observa el pie a través
del retrovisor interior y pone cara de circunstancias.
—
¿Qué te ha pasado hija mía? — pregunta el taxista con tono
amistoso — vaya inicio de fiestas que has tenido…
—
Pues ya ve, — responde Natalia — que estábamos haciendo el tonto
con el carrito de un supermercado, se enganchó la rueda en una
rejilla, me caí al suelo y varios amigos cayeron encima de mi…
Con
esta conversación mi dueña llega a su destino y el conductor del
taxi para el taxímetro, la cuenta asciende a diez euros y Natalia
saca el monedero, lo abre y coge el billete colorado que hay junto a
mí, se lo entrega al taxista y sale como puede del vehículo. La
mala suerte sigue acompañando a mi dueña y al coger las llaves del
mismo monedero de tela, yo me deslizo con ellas y caigo a la acera
sin que Natalia se percatará. Ella sube a su vivienda y yo me quedo
en el suelo de la calle hasta que un peñista borracho que pasaba por
allí, me recoge y me introduce en el bolsillo interior del blusón
de la peña.
Son
las siete de la mañana, mi nuevo dueño todavía no se ha acostado,
él pertenece a la peña Vaquillera y haciendo honor al nombre de la
peña se ha ido a las plaza de toros para disfrutar de los revolcones
que dan las vaquillas. Se sienta en la grada con toda su cuadrilla,
uno de ellos ha traído un camping-gas y están friendo huevos fritos
con chorizo para almorzar. Sale la primera vaca, da varias vueltas a
la plaza a toda velocidad al son de la canción de Labordeta,
que suena por megafonía. Da el primer susto de la mañana a un mozo
borracho que estaba recostado en el burladero, seguido el animal se
dirige hacia el tablao de madera del centro de la plaza y brinca para
ponerse encima de la tarima haciendo que todos los que estaban arriba
bajen precipitadamente.
Con las prisas hay empujones, entre el
tumulto de gente la vaquilla pilla a una chica de veinte años y la
revuelca por la arena, dejándola semidesnuda. La chavala se levanta
del suelo desorientada y medio cojeando se acerca al burladero para
que los médicos le echen un vistazo a las contusiones.
Jorge
se esta quedando modorro en la grada de la misericordia y decide
abandonar la plaza para marcharse a dormir, son las nueve de la
mañana y ya no aguanta más. Camino de casa se encuentra a su jefe
qué iba con la familia al centro, al verlo con semejantes pintas le
echa una mirada desafiante y le dice que mañana tiene que estar más
fresco que una rosa. Mi dueño agacha la cabeza avergonzado y sigue
su camino con las manos en los bolsillos.
De
repente un rugido en el estomago le hace detenerse, tiene hambre. Se
para en una churrería del coso y se compra una docena de churros, me
saca del bolsillo y me entrega al churrero. El hombre le da tres
billetes de cinco como cambio y jorge se marcha comiéndose los
churros con ansia. Casi no me da tiempo a conocer al churrero porque
formo parte de los cambios de un señor que va fumando una faria y
que ha comprado una porra de crema a su nieta.
Pronto
cambio de dueño, el señor del puro me utiliza para comprarle a su
nieta un globo de helio con la forma de Bob esponja y ahora
pertenezco a un vendedor ambulante de origen rumano que me introduce
en su riñonera donde hay un montón de billetes apretujados. El
hombre deambula por la calle Alfonso hasta que un matrimonio joven lo
detiene para comprarle a su niño un globo con forma de corazón, el
padre le da un billete de cincuenta y el vendedor me saca de la
riñonera junto con dos billetes de diez, uno de cinco y dos monedas
de euro; se los da al padre de la criatura como cambio y desata la
cuerda del globo, el niño esta más contento que unas castañuelas y
va corriendo por la plaza del Pilar con el globito atado a la muñeca.
A
la media hora, el crío se cansa de correr y se acerca a donde
estaban sentados sus padres, el padre, -sin darse cuenta- pincha el
globo con el cigarrillo y el zagal llora amargamente al enterarse de
que se había quedado sin su globito. Su madre se lo pone en sus
brazos para consolarlo, el chiquillo se calma porque su madre le
promete un paquete de patatas fritas. Cuando el camarero viene hacia
la mesa, el progenitor le pide unos ganchitos y la cuenta. El camarero tarda cinco minutos en traerle lo que ha pedido; cuando
tiene la factura en la mano, el hombre me saca del bolsillo y me
entrega al empleado del bar. Seguido, el mozo vuelve con el cambio y
la familia se levanta de la mesa para marcharse.
Aquí
sigo, en esta hermosa plaza con vistas a la Basílica del Pilar, pero
para poco me sirve la tranquilidad porque el camarero me lleva hacia
una mesa donde una cuadrilla de heavies veinteañeros acaban de
tomarse unas jarras de cerveza, yo pertenezco a los cambios. Uno de
ellos me introduce en sus ceñidos pantalones. Me parece que
pretenden ir al Interpeñas Metal, que se celebra esta noche
en la carpa de Valdespartera.