Hola,
soy un billete de veinte euros. Sí, ya lo se. No es corriente leer un blog que empiece así, así que desengáñense, este blog no lo escribe una
persona, sino un billete de veinte euros. Estarán pensando que cómo
puede sentarse un billete ante un ordenador portátil de última
generación con conexión a internet y ponerse a escribir. Pues como
todo el mundo, escribir sin distraerme por las ventanitas que salen anunciando cosas... spam, creo que se llama.
En fin, el caso es que el tipo que estampa su firma en este blog y que se hace llamar "Alparcero" acudió a mi.
— Querido billete — me dijo cuando me encontró, sacándome de su cartera y poniéndome delante de sus ojos — sé que has viajado mucho y estás acostumbrado a captar la idiosincrasia de los lugares y sus gentes. Viaja ahora por donde te de la gana, y cuenta lo que vayas viendo.
—
Así pues, yo te libero — dijo solemnemente mientras me dejaba en
la grasienta barra de una tasca de barrio.
Después,
se volvió hacia el camarero levantando la mano.
—
Cóbrate, anda: una caña y una gamba con huevo —
Y allí me dejó, cambiándome por tres billetes de cinco, dos monedas de euro y una de diez centimos. Ahora mismo está pagando un señor maduro un vino con un billete de cincuenta y yo formo parte de sus cambios. Parece que se llama Juan y que va a la estación.
Juan
me metió en su cartera. -al lado de un calendario de un taller de coches donde había impresa una chica desnuda, un billete de diez euros y una estampa de la virgen del
Pilar- Salimos a la calle y, al poco, paró un taxi.
—
A la estación Intermodal, por favor — dijo al taxista.
El taxista decidió amenizar el trayecto comentando lo que había cambiado Zaragoza. Decía que había sido un avance para la ciudad que construyeran una estación que englobará el ferrocarril y los autocares.
Con esta conversación tan amena llegamos a la estación de tren y Juan pagó el viaje con el billete de diez euros que estaba a mi lado, pero la mala suerte se cebo con mi dueño e hizo que, al sacarlo, yo me deslizará con él y fui a parar a la alfombrilla del coche sin que Juan se percatará. Un chico veinteañero fue el siguiente cliente del taxi y el que, nada más entrar, me vio cogiéndome con disimulo y metiéndome en la riñonera que portaba en su cintura. Iba a su casa, situada en el barrio de Valdespartera. El taxista resultó ser un erudito de la historia de la ciudad y dio un repaso de evolución del reciente barrio.
—
Y ahora, mira, — afirma el taxista mientras paraba el taxímetro —
se ha convertido en otro barrio más de la ciudad.
—
Lo que aprende uno en un taxi — pensé, aguantándome el bostezo.
Mi
nuevo dueño abre la riñonera para sacarme y usarme como pago de la
carrera. El señor taxista me metió en una cajita metálica que
guardaba en la guantera, allí me encontré a mas amigos igual que
yo. Estábamos un montón. Veinte billetes de diez, otros tantos de
cinco, diez de veinte, tres de cincuenta y mogollón de monedas de
euro. Al chaval veinteañero le dio un billete de diez y otro de
cinco como cambio y el chico salió del taxi, camino de su casa.
Ahora
el taxista va de vuelta al centro de la ciudad. Se detiene en la
parada de taxis del hospital Clínico. Baja del
vehículo y se enciende un cigarrillo mientras comenta las mejores
jugadas del último partido del Real Zaragoza con otro compañero,
que también esta esperando a que alguien se suba al taxi.
Mientras, yo sigo en la cajita de metal, he conocido a una rubia muy rebelde que le colaron a mi dueño a primera hora de la mañana y me parece que me he enamorado de ella...
Mientras, yo sigo en la cajita de metal, he conocido a una rubia muy rebelde que le colaron a mi dueño a primera hora de la mañana y me parece que me he enamorado de ella...
Un
anciano con dos muletas se ha montado en el taxi de Paco, mi dueño.
Le pide que le lleve a la calle doctor Iranzo, en el barrio de
las fuentes. Por el camino, el hombre cuenta que acaba de salir del
Clínico después de estar tres meses tumbado en una cama, le han
puesto unos tornillos en el fémur y una placa de titanio en la
cadera.
—
Jamás podré andar como antes, — afirma con nostalgia el abuelo —
yo andaba dos kilómetros al día por el soto de Cantalobos…
Paco
aguanta con resignación la charla del cliente, de vez en cuando dice
algún comentario monosilábico y mueve la cabeza para parecer que
escucha.
Ya casi están llegando a su destino, el taxista para el
coche en la esquina de doctor Iranzo con monasterio de
Siresa y ayuda al anciano a bajar del automóvil, el hombre le
paga con un billete de veinte y le dice que se quede con los cambios.
Después de agradecer los quince euros de propina, se mete en el
taxi, mete el billete en la cajita y se va camino de su casa, son las
cuatro de la tarde y ya es hora de que se marche a comer. Paco vive
en las Delicias, en una bocacalle del paseo Calanda, el chinatown
de Zaragoza. Después de estar tres cuartos de hora aparcando,
sube a su humilde morada pasadas las cinco y su mujer le espera
sentada en el sofá viendo el cotilleo de sobremesa. Cuando lo ve
entrar por la puerta, se levanta y va a saludarlo.
—
Hola cariño, ¿qué tal ha ido la jornada? — pregunta la esposa
con cariño — ¿por cierto me das cincuenta euros? que a las seis
tengo hora para la pelu…
—
Pero hombre, no seas buitre… — contesta Paco con resignación —
déjame sentarme a comer, que tengo más hambre que el perro de un
ciego.
—
Que sí, que sí… — afirma la mujer, insistiendo — tú dame los
cincuenta, que tienes la sopa calentándose en el fuego…
Al
final, el taxista abre la cajita metálica, saca dos billetes de
veinte -uno de ellos soy yo- y uno de diez. Se los da a su esposa
para que le deje tranquilo, ella le da un beso de agradecimiento,
coge el bolso y se marcha a la peluquería. A mi me ha metido en un
monedero alargado de Dolce & Gabarra, de esos que venden
en el rastro por cinco euros. La mujer de Paco se llama Encarnación,
pero en el barrio la conocen como la Encarni, al menos así la ha
llamado la peluquera en cuanto ha entrado al establecimiento.
En la
peluquería había cinco mujeres sentadas alrededor de una mesa
camilla. Todas eran igual que mi dueña, hablaban a gritos de
chismorreos que habían oído en la televisión y me estaban poniendo
la cabeza modorra. Puri, -la peluquera- pide a mi dueña que se
siente en un sillón grande de cuero con un espejo enfrente, ella
deja el bolso en el perchero y se sienta, le indica a Puri lo que
quiere hacerse en el pelo.
Después de hora y media en manos de Puri,
Encarna ya esta lista para salir a la calle. Coge el bolso de la
percha, saca el monedero y me coge para entregarme a la peluquera.
Puri me coge con los guantes manchados de tinte y me pone pringoso,
me intenta limpiar con una toallita húmeda y el resultado es
lamentable: ahora estoy manchado de tinte, mojado y con olor a jabón
de aloe vera.
Me han colocado en un cajón de plástico con más
billetes y monedas.
Son
las nueve menos cuarto de la noche, Puri ha vaciado el dinero del
cajón en su bolso y se dispone a bajar la persiana de su
establecimiento. En ese momento le suena el móvil, es su novio que
quiere estar un rato con ella y quedan en un bar cercano para verse.
La chica termina de cerrar la peluquería y se dirige al cohete,
el garito donde ha quedado con Fernando. Por el camino, mientras Puri
estaba mirando un escaparate, un indeseable pasa corriendo y le da un
tirón en el bolso, la chica se queda gritando en mitad de la calle
mientras ve como un ratero se va alejando con la recaudación del día
de su negocio.
Yo me estaba empezando a marear, el ladrón iba muy
rápido y el bolso iba meneándose igual que si estuviera en una
montaña rusa del parque de atracciones. Al
final se detiene en un descampado, se mete en una furgoneta
desvencijada y allí revuelve el bolso en busca de dinero y nos
encuentra a mis compañeros y a mí, nos mete en el bolsillo interior
de su chupa de cuero y tira el bolso en un papelera que había junto
a la vieja camioneta. La cazadora de aquel tipo olía raro, no podía
reconocer muy bien el olor pero parecía marihuana.
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