A
ustedes puede que le parezca que no, pero ser un billete de veinte
euros no es nada fácil. Tu vida no depende de ti. Una tarde estaba
tan ricamente en la plaza del Pilar disfrutando del cierzo en una
terraza y, en cuestión de minutos, me recoge un grupito de heavies
y, ¡ale hop! En vez de ver a la Pilarica, me dirijo a un concierto
de rock duro en Valdespartera. La vida para un billete de veinte euros no
es nada fácil, no señor. Bueno, la vida en general no es fácil.
La
cosa es que el autobús urbano nos dejó en Interpeñas. Una multitud
de chupas de cuero se agolpaba en la entrada. Allí y en la barra, el
primer lugar donde se dirigió mi nuevo dueño con sus amigos. Los
camareros iban de un lado a otro como posesos.
Litros y litros de
cerveza servidos a la velocidad del rayo.
Mi dueño pide un litro de
cerveza, me saca del bolsillo y me sujeta en su mano derecha mientras
espera que la camarera le cobre. Entonces, los tipos que están al
lado dan un empujón a mi dueño, que, a su vez, empuja a un tipo que
lleva un litro en la mano, derramándome toda la cerveza por encima.
Y ya no recuerdo nada.
Me he despertado en casa de la camarera, por
lo que supongo que, al final, serví de pago de la consumición.
¡Vaya
día que llevé ayer! Ser un billete de veinte euros es un sinvivir
en fiestas, casi no me da tiempo a conocer a los dueños que voy
teniendo, voy de mano en mano y todo trascurre muy deprisa. Mi nueva
dueña, -una camarera que me había cobrado por su jornada en
Interpeñas- no trabajaba al día siguiente. Así que me metió en su
monedero junto con otros compañeros (un billete de cincuenta y otro
de cinco) y salimos a la calle. La tarde se presentaba animada. Un
montón de gente deambulaba por Zaragoza. Mi dueña se paraba a
disfrutar cada cosa que veía: las estatuas vivientes que se mueven
con monedas, los peruanos disfrazados de indios tocando sin parar “el
cóndor pasa”, los orientales que ofrecen perritos de juguete,
los malabaristas… finalmente, fui canjeado por una de esas pulseras
que venden en los puestos de Independencia. Permanecí en ese puesto
una hora y media, hasta que me convertí en los cambios de un billete
de cincuenta qué un señor con luengas barbas dio al vendedor por un
bolso de cuero. El señor de las barbas me dejó en el puesto de un
caricaturista, después de pedirle un retrato. Mientras me pasaban de
una mano a otra pude observar el retrato, no se parecía en nada. A
las dos horas, me convertí en los cambios de una señora que también
había pedido una caricatura y que tampoco se parecía en nada.
Definitivamente, era un mal caricaturista. La señora que me portaba
ahora me canjeó en una churrería por un chocolate con churros. De
allí pasé al bolsillo de un apuesto joven que portaba un bebé
vestido de baturro en un moisés, de esos que llevan ahora los
matrimonios jóvenes colgados en el torso, que, a su vez, me cambió
por el ticket del garaje. ¡hay que ver cómo están los garajes de
caros!
Hoy,
el dueño del garaje me ha cogido del cajón y parece que nos vamos
al bingo. La diferencia entre un bingo en un día normal y en las
fiestas del Pilar estriba en que las señoritas que cantan los
números llevan cachirulo. Nada más. Mi dueño me cambió por dos
cartones, así que permanecí en la caja de la sala, hasta que, junto
con otros billetes, me convertí en el premio de un mozo alto que
había cantado bingo. El chico se autohomenajea con una cena de
escándalo. Paga con tarjeta, por lo que al día siguiente cuando fue
a las vaquillas, yo iba en su billetera.
En
la primera vaquilla, tuvo el accidente. Dos revolcones que hicieron
que la cartera saliera por los aires. Todos los billetes salimos
disparados. Cuando la gente nos vió, se lanzó a nuestra captura
olvidando a la vaquilla. Pero la vaquilla no se había olvidado de
ellos, así que dio comienzo una escalada de cogidas y revolcones,
que hicieron trabajar el doble a los de la cruz roja. Fue uno de
ellos el que me recogió de la arena.
Al día siguiente, después de
la ofrenda de flores, me cambió en un bar de la plaza Santa Cruz por
un plato de puntillas, dos cañas y un vino de Borja. Enseguida volví
a cambiar de dueño otra vez, ahora pertenezco a un jubilado de
setenta años que acaba de tomarse un aperitivo con su señora
después de haber visto el espectacular manto de flores de la virgen.
Al salir del bar, la pareja se dirige a un restaurante de la calle
mayor dónde ha quedado con sus hijos y nietos para celebrar el santo
de las Pilares. Después de comer, los dos abuelos se despiden
de la familia y emprenden el camino hacia la plaza de toros, sus
hijos les han regalado dos entradas para la corrida de las cinco,
dónde torean tres importantes toreros aragoneses.
Tras
finalizar la sesión taurina, la pareja de ancianos decide meterse en
una chocolatería de Conde Aranda para calentar el cuerpo con un
chocolate caliente. Al terminar de tomárselo, el hombre me saca de
la cartera mientras se acerca a la barra, y me entrega a una señorita
de mediana edad. Ella me introduce en la caja registradora y saca el
cambio exacto para dárselo al hombre, que espera impaciente. No ha
pasado ni cinco minutos cuando se vuelve a abrir la caja
registradora. Ahora pertenezco a los cambios de una señora gorda que
ha pagado un chocolate y cuatro churros con un billete de cincuenta.
Va acompañada de un perrito pequeño con un cachirulo rodeándole el
cuello. La mujer sale del establecimiento y se dirige a la plaza san
Bruno, quiere ver un poco el espectáculo callejero antes de volver a
casa.
Al
llegar a la citada plaza, mi dueña se coloca -a empujones- en la
primera fila de un circulo improvisado de personas. El espectáculo
parece entretenido; un chico joven con la cara pintada de blanco,
camiseta a rayas y un sombrerito al estilo de Charlot hace
malabarismos con tres botellines de cerveza vacíos. El siguiente
número del muchacho es un truco de magia. Para ello pide que un
voluntario le preste un billete de veinte euros, mi dueña levanta la
mano mientras grita.
—
¡Aquí, aquí! — exclama la mujer con voz grave, mientras me saca
del bolsillo del chaquetón — ¡yo tengo el billete…!
El
mago escoge a mi dueña y la saca en medio del escenario, a mí me
introduce en un saquito de tela negra. El saco lo sujeta con la mano
izquierda y con la derecha lanza unos polvos invisibles mientras
pronuncia unas palabras sacadas directamente de su imaginación.
Instantes después, el muchacho se agacha y simulando que se ata un
zapato, se saca del bolsillo otro billete de veinte guardándoselo en
la lengüeta del mocasín. Se vuelve a poner de pie.
—
¡Señoras y señores…! — exclama el mago para llamar la atención
del público — ¡ahora viene lo más difícil… abrimos el saquete
y vemos que el billete no está en su sitio! ¿dónde estará?
Pero
yo sí que estaba dentro del saco, lo que pasa es que el mago me
escondió en uno de los pliegues de tela. Después de tener a mi
dueña con la duda de haber perdido veinte euros, el joven se quita
el zapato, lo coge, le echa otra dosis de polvos invisibles y por
arte de magia aparece un hermano gemelo mio dentro del calzado. La gente aplaude
sorprendida y la señora del perrito recibe el billete, se vuelve a
la primera fila tan contenta. El ilusionista se despide quitándose
el sombrero y pasándolo por todos los asistentes para que le echen
alguna propinilla.
Ahora
mi dueño es el mago. Después de recoger todos los bártulos en una
maleta grande con ruedas se guardo todas las propinas en el bolsillo,
seguido me cogió del saco para meterme en el bolsillo y
emprendió el camino a la pensión donde se alojaba estos días. El
muchacho es natural de Albacete pero la crisis hizo que se quedará
en el paro y aprovechando las fiestas, va de ciudad en ciudad
haciendo su espectáculo callejero.
La
Pensión esta situada en el coso, muy próxima a la plaza donde mi
dueño actúa. La habitación es pequeña, tiene lo justo para pasar
unos días. Una cama de esas antiguas con la cabecera de hierro, una
mesilla de noche con una lamparita, una mesa de escritorio con una silla
de madera. El baño no lo he llegado a ver porque mi dueño dejo la
bolsa con la recaudación encima del escritorio, pero me imagino que
tiene que ser pequeño.
A
la mañana siguiente. El joven mago se levanta temprano, recoge todas
sus pertenencias de la pensión y baja a la recepción para pagar a
la patrona su estancia. La señora cobra a mi dueño unos cien euros
por los cinco días que ha estado, el muchacho se saca del bolsillo
cinco billetes de veinte, -uno de ellos soy yo- se despide de la
mujer y le cuenta que se vuelve a su ciudad natal.
Me
he pasado todo el día en un cajón del mostrador de la recepción,
¡vaya aburrimiento! las horas se me hacían eternas. Cuando son las
nueve de la noche; el hijo de mi dueña viene a relevar a su madre en
el turno de noche, ella me coge del cajón junto a un billete de
cincuenta y despidiéndose de su hijo decide marcharse a la sala
multiusos para disfrutar de una sesión de revista con el humor de
Manolito Royo. La sesión empezaba a las once, pero a las diez
había que hacer cola en las taquillas del auditorio para sacar la
entrada. Cuando mi dueña llegó a la plaza Miguel Merino,
tenía delante a medio centenar de jubilados, todos se habían
vestidos con sus mejores galas para celebrar las fiestas a su manera.
Ya
ha comenzado la revista, pero desde mi posición solo puedo oír las
carcajadas del público. Mi dueña me cambió en la taquilla por una
entrada. ¡Con la ilusión que tenía de poder ver de cerca un
espectáculo de esas características, la señora me ha tenido que
cambiar en la ventanilla…!
Fin
de la noche, el gerente del auditorio hace recuento de la taquilla.
Al representante de la revista le da un porcentaje, a las chavalas
que llevan toda la tarde en la garita les paga un poco también y el
resto se lo queda él. Yo voy incluido en la paga de una sonriente
pelirroja que mete todo el dinero en un bolsito de cuero, después se
despide de sus compañeras y va camino de su casa. Está demasiado
cansada para irse con sus amigos.
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