martes, 14 de abril de 2015

Las fiestas del Pilar... a vista de billete


A ustedes puede que le parezca que no, pero ser un billete de veinte euros no es nada fácil. Tu vida no depende de ti. Una tarde estaba tan ricamente en la plaza del Pilar disfrutando del cierzo en una terraza y, en cuestión de minutos, me recoge un grupito de heavies y, ¡ale hop! En vez de ver a la Pilarica, me dirijo a un concierto de rock duro en Valdespartera. La vida para un billete de veinte euros no es nada fácil, no señor. Bueno, la vida en general no es fácil.

La cosa es que el autobús urbano nos dejó en Interpeñas. Una multitud de chupas de cuero se agolpaba en la entrada. Allí y en la barra, el primer lugar donde se dirigió mi nuevo dueño con sus amigos. Los camareros iban de un lado a otro como posesos.
Litros y litros de cerveza servidos a la velocidad del rayo.

Mi dueño pide un litro de cerveza, me saca del bolsillo y me sujeta en su mano derecha mientras espera que la camarera le cobre. Entonces, los tipos que están al lado dan un empujón a mi dueño, que, a su vez, empuja a un tipo que lleva un litro en la mano, derramándome toda la cerveza por encima. Y ya no recuerdo nada.
Me he despertado en casa de la camarera, por lo que supongo que, al final, serví de pago de la consumición.




¡Vaya día que llevé ayer! Ser un billete de veinte euros es un sinvivir en fiestas, casi no me da tiempo a conocer a los dueños que voy teniendo, voy de mano en mano y todo trascurre muy deprisa. Mi nueva dueña, -una camarera que me había cobrado por su jornada en Interpeñas- no trabajaba al día siguiente. Así que me metió en su monedero junto con otros compañeros (un billete de cincuenta y otro de cinco) y salimos a la calle. La tarde se presentaba animada. Un montón de gente deambulaba por Zaragoza. Mi dueña se paraba a disfrutar cada cosa que veía: las estatuas vivientes que se mueven con monedas, los peruanos disfrazados de indios tocando sin parar “el cóndor pasa”, los orientales que ofrecen perritos de juguete, los malabaristas… finalmente, fui canjeado por una de esas pulseras que venden en los puestos de Independencia. Permanecí en ese puesto una hora y media, hasta que me convertí en los cambios de un billete de cincuenta qué un señor con luengas barbas dio al vendedor por un bolso de cuero. El señor de las barbas me dejó en el puesto de un caricaturista, después de pedirle un retrato. Mientras me pasaban de una mano a otra pude observar el retrato, no se parecía en nada. A las dos horas, me convertí en los cambios de una señora que también había pedido una caricatura y que tampoco se parecía en nada. Definitivamente, era un mal caricaturista. La señora que me portaba ahora me canjeó en una churrería por un chocolate con churros. De allí pasé al bolsillo de un apuesto joven que portaba un bebé vestido de baturro en un moisés, de esos que llevan ahora los matrimonios jóvenes colgados en el torso, que, a su vez, me cambió por el ticket del garaje. ¡hay que ver cómo están los garajes de caros!



Hoy, el dueño del garaje me ha cogido del cajón y parece que nos vamos al bingo. La diferencia entre un bingo en un día normal y en las fiestas del Pilar estriba en que las señoritas que cantan los números llevan cachirulo. Nada más. Mi dueño me cambió por dos cartones, así que permanecí en la caja de la sala, hasta que, junto con otros billetes, me convertí en el premio de un mozo alto que había cantado bingo. El chico se autohomenajea con una cena de escándalo. Paga con tarjeta, por lo que al día siguiente cuando fue a las vaquillas, yo iba en su billetera.
En la primera vaquilla, tuvo el accidente. Dos revolcones que hicieron que la cartera saliera por los aires. Todos los billetes salimos disparados. Cuando la gente nos vió, se lanzó a nuestra captura olvidando a la vaquilla. Pero la vaquilla no se había olvidado de ellos, así que dio comienzo una escalada de cogidas y revolcones, que hicieron trabajar el doble a los de la cruz roja. Fue uno de ellos el que me recogió de la arena.
Al día siguiente, después de la ofrenda de flores, me cambió en un bar de la plaza Santa Cruz por un plato de puntillas, dos cañas y un vino de Borja. Enseguida volví a cambiar de dueño otra vez, ahora pertenezco a un jubilado de setenta años que acaba de tomarse un aperitivo con su señora después de haber visto el espectacular manto de flores de la virgen. Al salir del bar, la pareja se dirige a un restaurante de la calle mayor dónde ha quedado con sus hijos y nietos para celebrar el santo de las Pilares. Después de comer, los dos abuelos se despiden de la familia y emprenden el camino hacia la plaza de toros, sus hijos les han regalado dos entradas para la corrida de las cinco, dónde torean tres importantes toreros aragoneses.

Tras finalizar la sesión taurina, la pareja de ancianos decide meterse en una chocolatería de Conde Aranda para calentar el cuerpo con un chocolate caliente. Al terminar de tomárselo, el hombre me saca de la cartera mientras se acerca a la barra, y me entrega a una señorita de mediana edad. Ella me introduce en la caja registradora y saca el cambio exacto para dárselo al hombre, que espera impaciente. No ha pasado ni cinco minutos cuando se vuelve a abrir la caja registradora. Ahora pertenezco a los cambios de una señora gorda que ha pagado un chocolate y cuatro churros con un billete de cincuenta. Va acompañada de un perrito pequeño con un cachirulo rodeándole el cuello. La mujer sale del establecimiento y se dirige a la plaza san Bruno, quiere ver un poco el espectáculo callejero antes de volver a casa.
Al llegar a la citada plaza, mi dueña se coloca -a empujones- en la primera fila de un circulo improvisado de personas. El espectáculo parece entretenido; un chico joven con la cara pintada de blanco, camiseta a rayas y un sombrerito al estilo de Charlot hace malabarismos con tres botellines de cerveza vacíos. El siguiente número del muchacho es un truco de magia. Para ello pide que un voluntario le preste un billete de veinte euros, mi dueña levanta la mano mientras grita.
— ¡Aquí, aquí! — exclama la mujer con voz grave, mientras me saca del bolsillo del chaquetón — ¡yo tengo el billete…!
El mago escoge a mi dueña y la saca en medio del escenario, a mí me introduce en un saquito de tela negra. El saco lo sujeta con la mano izquierda y con la derecha lanza unos polvos invisibles mientras pronuncia unas palabras sacadas directamente de su imaginación. Instantes después, el muchacho se agacha y simulando que se ata un zapato, se saca del bolsillo otro billete de veinte guardándoselo en la lengüeta del mocasín. Se vuelve a poner de pie.
— ¡Señoras y señores…! — exclama el mago para llamar la atención del público — ¡ahora viene lo más difícil… abrimos el saquete y vemos que el billete no está en su sitio! ¿dónde estará?

Pero yo sí que estaba dentro del saco, lo que pasa es que el mago me escondió en uno de los pliegues de tela. Después de tener a mi dueña con la duda de haber perdido veinte euros, el joven se quita el zapato, lo coge, le echa otra dosis de polvos invisibles y por arte de magia aparece un hermano gemelo mio dentro del calzado. La gente aplaude sorprendida y la señora del perrito recibe el billete, se vuelve a la primera fila tan contenta. El ilusionista se despide quitándose el sombrero y pasándolo por todos los asistentes para que le echen alguna propinilla.

Ahora mi dueño es el mago. Después de recoger todos los bártulos en una maleta grande con ruedas se guardo todas las propinas en el bolsillo, seguido me cogió del saco para meterme en el bolsillo y emprendió el camino a la pensión donde se alojaba estos días. El muchacho es natural de Albacete pero la crisis hizo que se quedará en el paro y aprovechando las fiestas, va de ciudad en ciudad haciendo su espectáculo callejero.
La Pensión esta situada en el coso, muy próxima a la plaza donde mi dueño actúa. La habitación es pequeña, tiene lo justo para pasar unos días. Una cama de esas antiguas con la cabecera de hierro, una mesilla de noche con una lamparita, una mesa de escritorio con una silla de madera. El baño no lo he llegado a ver porque mi dueño dejo la bolsa con la recaudación encima del escritorio, pero me imagino que tiene que ser pequeño.

A la mañana siguiente. El joven mago se levanta temprano, recoge todas sus pertenencias de la pensión y baja a la recepción para pagar a la patrona su estancia. La señora cobra a mi dueño unos cien euros por los cinco días que ha estado, el muchacho se saca del bolsillo cinco billetes de veinte, -uno de ellos soy yo- se despide de la mujer y le cuenta que se vuelve a su ciudad natal.




Me he pasado todo el día en un cajón del mostrador de la recepción, ¡vaya aburrimiento! las horas se me hacían eternas. Cuando son las nueve de la noche; el hijo de mi dueña viene a relevar a su madre en el turno de noche, ella me coge del cajón junto a un billete de cincuenta y despidiéndose de su hijo decide marcharse a la sala multiusos para disfrutar de una sesión de revista con el humor de Manolito Royo. La sesión empezaba a las once, pero a las diez había que hacer cola en las taquillas del auditorio para sacar la entrada. Cuando mi dueña llegó a la plaza Miguel Merino, tenía delante a medio centenar de jubilados, todos se habían vestidos con sus mejores galas para celebrar las fiestas a su manera.

Ya ha comenzado la revista, pero desde mi posición solo puedo oír las carcajadas del público. Mi dueña me cambió en la taquilla por una entrada. ¡Con la ilusión que tenía de poder ver de cerca un espectáculo de esas características, la señora me ha tenido que cambiar en la ventanilla…!

Fin de la noche, el gerente del auditorio hace recuento de la taquilla. Al representante de la revista le da un porcentaje, a las chavalas que llevan toda la tarde en la garita les paga un poco también y el resto se lo queda él. Yo voy incluido en la paga de una sonriente pelirroja que mete todo el dinero en un bolsito de cuero, después se despide de sus compañeras y va camino de su casa. Está demasiado cansada para irse con sus amigos.

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